Una paja en el vestuario y lo que vino después
Cerré los ojos en el vestuario vacío y dejé que la fantasía me llevara más lejos de lo que había imaginado. Cuando los abrí, ya no había vuelta atrás.
Cerré los ojos en el vestuario vacío y dejé que la fantasía me llevara más lejos de lo que había imaginado. Cuando los abrí, ya no había vuelta atrás.
Cuando abrí la puerta no venía solo: detrás de él, con esa sonrisa ensayada de chapero, traía a un hombre al que yo no había visto en mi vida por el barrio.
Entré al salón completamente desnuda mientras ellos todavía sostenían las cartas. Lo habíamos hablado con mi marido, pero el final lo improvisé yo.
Subí al avión con el rabo duro, igual que cada día desde que tengo memoria. Lo que no imaginaba era que aquella sacerdotisa me cambiaría la vida en una sola noche.
Le pedí que me esperara desnuda cada mañana al volver del trabajo, sin imaginar que el vecino terminaría siendo testigo, amante y algo más para los dos.
Tres meses cruzando mensajes con un desconocido casado, hasta que aquella tarde en el centro comercial decidimos que ya no podíamos seguir solo escribiendo.
Pensé que solo era curiosidad. Hasta que vi su foto, sentí cómo se me aceleraba el pulso, y entendí que llevaba tres años evitando lo que ya había decidido.
Cuarenta y siete años siendo un hombre de mujeres. Hasta aquella noche en Mendoza, cuando Andrés cerró la puerta de mi suite y encendió un cigarrillo.
Alguien me estaba tocando en la oscuridad, con una lentitud que no tenía nada de urgente. Abrí los ojos y la voz de Valeria me dijo: «¿Te está gustando, amor?».
Cuando le susurré al oído lo que llevaba meses imaginando, su silencio duró segundos. Después sonrió. Y supe que esa noche íbamos a cruzar todas las líneas.
Cuando trepó a la cabina, ella creyó que le tocaba un favor cómodo. No imaginaba que el viejo camionero llevaba semanas masticando la afrenta y esa tarde tocaba pasar cuentas.
Crucé el lobby con tacones, vestido blanco demasiado corto y una sola idea en la cabeza. El recepcionista me miró y, en cierto modo, tenía razón.
Llevaba cuatro días con mala suerte hasta que entró en un bar junto al mar y la vio sentada sola, con esas curvas que decían más de lo que ella sabía.
Andrés se despertó desnudo en la cama de su mayor rival. Sin recuerdos de la noche anterior, solo quería irse. Pero algo no dejaba de retenerlo.
Cuando entraron al departamento ya no quedaba nada de inocencia en sus miradas. Solo faltaba decidir cómo íbamos a terminar la noche, y la baraja quedó sobre la mesa.
Esa primera noche sin él, mi marido me hizo el amor con la misma destreza de siempre. Pero la cama era enorme y los dos lo sabíamos.
Pensé que íbamos al motel a estar juntos. Cuando me dijo que arriba había seis hombres esperándome, el corazón me golpeó la garganta.
Subió tres pisos hasta una puerta sin cartel pensando que sabía qué venía a hacer. Lo que descubrió en esa sala no estaba en ningún anuncio.
Lo dejé sobre la mesa, junto a las llaves, y me senté en el sofá del salón a esperar. Quería ver cuánto tardaba en darse cuenta de que su vida se acababa de partir en dos.
Llevaba dos años sola con mi hijo cuando el banco me mandó la carta. El director tenía una propuesta. Yo acepté. Lo que no esperaba era lo que descubriría sobre mí misma.