Interrumpió la boda por los dos hombres que amaba
Cuando el oficiante preguntó si alguien tenía algo que decir, el novio levantó la mano. No para aceptar, sino para confesar lo que llevaba meses callando.
Cuando el oficiante preguntó si alguien tenía algo que decir, el novio levantó la mano. No para aceptar, sino para confesar lo que llevaba meses callando.
Siempre creímos que nadie nos veía. Esa mentira que nos contábamos fue el principio de todo lo que vino después, noche tras noche.
Nunca me han atraído los hombres, pero la verga gruesa de un macho que sabe ordenar me pierde. ¿Eso me hace bisexual o algo peor? Necesito que alguien me lo diga.
Empezó como un interés académico por el alumno más brillante del grupo. Lo que terminó pasando en mi despacho todavía me cuesta ponerlo en palabras.
Cuando levanté la vista del celular y lo vi caminar hacia mi banca, supe que esa tarde en la Zona T no iba a terminar con una simple charla bajo las palmeras.
Aquel viernes éramos los últimos en la pileta. Cuando salí del agua, su mirada bajó hasta mi bañador y supe que esa noche el alumno iba a ser otro.
Marisa me pidió un paréntesis en nuestra relación, pero esa noche me llamó para que la acompañara a su juego favorito: cambiar de pareja delante del otro.
Lo propuso ella, entre susurros, una madrugada cualquiera: quería que yo sostuviera la cámara mientras otro la hacía suya. Dije que sí sin saber en qué me convertía.
Llegamos temprano, el ascensor se vació y su mano encontró mi falda antes de que se abrieran las puertas del último piso. Sabía exactamente lo que venía después.
Algunos me piden fotos antes del hola. Otros me llaman cosas que no les di permiso de decir. Aquí van las perlas que guardo en mi bandeja, con nombres bien cambiados.
Se agachó para mostrarme sus pulseras y su mirada bajó hasta mi pecho. En ese instante supe que no me marcharía de aquella playa siendo la misma mujer.
Bajé en bata a preparar el desayuno y los encontré tomando café. No imaginé que esa mañana mi marido iba a confesarme lo que de verdad quería de mí.
Pensé que iba a matar el tiempo en una playa cualquiera mientras mi mujer trabajaba. No imaginaba que Damián e Iván me esperaban con una invitación que no supe rechazar.
Éramos novatos y estábamos nerviosos, pero aquella pareja sentada al fondo del local nos miraba como si supiera exactamente lo que veníamos a buscar.
A menos de cien metros de la música y el champán, abrió las piernas al sol sin saber que alguien venía por el sendero. Y cuando lo vio, ya era tarde para cerrarlas.
Todos sospechan lo que soy por cómo me visto, pero yo nunca lo confirmo. Es mi secreto, y contarlo desde el anonimato me pone más caliente que cualquier otra cosa.
Tengo treinta y dos años, un marido que casi no me toca y la cabeza llena de fantasías. Aquella tarde decidí que el siguiente desconocido que pudiera tocarme iba a tocarme.
Me bajé del tren en lencería bajo el jean, el corazón a mil. Él me esperaba en la esquina, transpirado, y yo iba a animarme a algo que llevaba años imaginando frente al espejo.
Diego siempre me ponía cachondo y yo lo evitaba por mi novio. Hasta que esa tarde me llevó a la sauna del gimnasio y entendí que no iba a poder seguir mintiéndome.
Llevaba dos semanas en la ciudad sin hablarle a nadie fuera del trabajo. Hasta que Andrés se acercó esa tarde y me preguntó si quería salir esa noche con el resto.