Lo que vi en el vestuario de la piscina aquella tarde
Marina volvió de la universidad hecha una mujer, y entre risas y juegos en el agua entendí que ya no éramos los críos que se bañaban cada verano en aquel pueblo.
Marina volvió de la universidad hecha una mujer, y entre risas y juegos en el agua entendí que ya no éramos los críos que se bañaban cada verano en aquel pueblo.
En un callejón estrecho que olía a cartón húmedo, le expliqué que mi rosa no costaba dinero. Costaba un favor. Y ella aceptó sin terminar de entender a qué.
Estaba solo, tomando el último sol de la tarde, cuando aquel joven salió del agua y se sentó demasiado cerca. Su pregunta no buscaba un cigarrillo.
Aparcamos en aquella obra abandonada y, sin decir palabra, su mano se apoyó en mi muslo. Su mirada lo decía todo, y yo supe que ya no había vuelta atrás.
Abriste los ojos y el techo no era el tuyo. Tu mano bajó al pecho y encontró músculos que no recordabas. Algo dentro de ti ya había decidido lo que harías esa noche.
Le dije que solo íbamos a cenar fuera y cambiar de aires. No le conté que llevaba semanas preparando lo que pasaría esa noche en la habitación del hotel.
Me hacía despertar a una hora exacta sin alarma, solo con sus palabras metidas en mi cabeza. Y yo obedecía, mientras mi novio roncaba a mi lado.
Hacía seis años que nadie la tocaba con deseo. Esa noche, de pie en el pasillo del tren, sintió una mano que no debía detener y eligió no hacerlo.
Escondía en un cajón cacheteros que nunca enseñaba a nadie. Esa noche, con un hombre de cincuenta y un años del otro lado de la pantalla, decidí mostrarlos.
Su mamá salió a una diligencia, su hermana se fue con la amiga, y nos quedamos solos. Camila abrió el libro de biología y empezó a hacer preguntas que ningún profesor contesta.
Treinta y dos años, uñas rojas y una manera de mirar a las mujeres que parecía un saludo y una pregunta. Yo era una mujer casada. Eso, hasta la noche que olvidé las llaves.
Pensé que el trayecto Valencia-Barcelona iba a ser largo y aburrido, hasta que un chico se sentó a mi lado y me escribió desde el asiento contiguo.
Abrí la app un viernes santo y un hombre de cuarenta y tantos vivía a dos cuadras. Llevaba condones cuando toqué su puerta, pero no iban a servir para lo que vino después.
Llegué al hotel del norte con la idea de descansar antes del trabajo. Esa misma noche, sentada frente a él en bata, supe que no íbamos a dormir hasta el amanecer.
Necesitaba sacarme a la hija de mi novia de la cabeza. Lo único que tenía a mano era un frasco vacío, una excusa estúpida y la puerta del loft del roof garden.
Cuando Marcos me habló del tipo que se bañaba desnudo a la orilla del río, no pude sacarlo de la cabeza. Esa noche fui a verlo con mis propios ojos.
Era el hijo del jefe: correcto, tímido, bien educado. Nunca imaginé lo que hacía los viernes por la noche cuando desaparecía.
Cuando toqué el timbre de su apartamento todavía pensaba en darme la vuelta. Treinta minutos después estaba en su sala con la respiración contenida.
Esa noche me tocó quedarme a limpiar el departamento. No sabía que aquella derrota en la mesa de póker iba a ser el principio de algo que aún hoy me cuesta contar.
Tenía los dos brazos enyesados y dos meses por delante sin poder tocarse. Cuando me lo dijo, supe que esa visita al hospital no sería como las otras.