Mi primera vez con un desconocido en el río
Cuando Marcos me habló del tipo que se bañaba desnudo a la orilla del río, no pude sacarlo de la cabeza. Esa noche fui a verlo con mis propios ojos.
Cuando Marcos me habló del tipo que se bañaba desnudo a la orilla del río, no pude sacarlo de la cabeza. Esa noche fui a verlo con mis propios ojos.
Era el hijo del jefe: correcto, tímido, bien educado. Nunca imaginé lo que hacía los viernes por la noche cuando desaparecía.
Cuando toqué el timbre de su apartamento todavía pensaba en darme la vuelta. Treinta minutos después estaba en su sala con la respiración contenida.
Esa noche me tocó quedarme a limpiar el departamento. No sabía que aquella derrota en la mesa de póker iba a ser el principio de algo que aún hoy me cuesta contar.
Tenía los dos brazos enyesados y dos meses por delante sin poder tocarse. Cuando me lo dijo, supe que esa visita al hospital no sería como las otras.
Cuando me dio la mano para despedirnos, sentí un papel doblado contra mi palma. Decía: «Escríbeme cuando estés solo. Tengo más mezcal y quiero conocerte mejor».
Hasta esa noche pensaba que ya conocía todos mis límites. Bastó una mirada, un gesto suyo y todo lo que creía saber sobre mi deseo se derrumbó en silencio.
Nunca pensé que depilarme iba a cambiar algo. Pero cuando él me pasó la cera por los glúteos y me pidió que me pusiera en cuatro, algo en mí se encendió.
Llevaba días con esa fantasía dando vueltas en la cabeza. Cuando Héctor apareció en la cancha vacía, supe que la noche iba a terminar de otra manera.
Lunes por la mañana. La maleta de Adrián desapareció por la puerta y, antes de que el café terminara de hacerse, ya sabíamos que esa semana iba a ser distinta.
Marina ya estaba empapada cuando exigió la segunda parte: los dos a la vez, sin barreras, con la película de acción todavía sonando de fondo.
Llevábamos semanas mirándonos en el gym sin decir nada. Cuando al fin cruzamos palabras, los dos sabíamos a dónde iba a llevar aquello.
Llegué solo al hotel y me dije que esa semana iba a ser distinta. No imaginaba que la mujer de la barra del bar iba a enseñarme cosas que nunca había sentido.
Empezó como una noche cualquiera frente a la pantalla, pero cuando pulsé enviar a aquel mensaje, supe que ya no había marcha atrás.
Llevaba años apagada por un dolor profundo, hasta que esa voz grave llenó el salón y vi cómo sus ojos volvían a brillar como cuando la conocí.
El apartamento tenía un espejo espía. Mi marido detrás del cristal, su hermano frente a mí, y yo desnuda fingiendo que necesitaba probar un juguete antes de la cena.
Habíamos ido a ese departamento diciéndonos que solo íbamos a tomar algo. Para cuando apareció el mazo de póker, ya era demasiado tarde para ser honesta conmigo misma.
El mensaje decía: «¿Qué tal compartirte con una pareja?». Me reí. Pero algo en esas palabras encendió una curiosidad que no sabía que tenía.
Lo planeamos juntos, en voz baja, la semana anterior. Y cuando él apareció en la puerta esa noche, los dos sentimos que algo estaba a punto de cambiar.
Bajo el agua de la ducha, sus dedos terminaron lo que él había empezado en aquella sala. Y supo que tres días no iban a ser suficientes.