Sudor y deseo gay bajo las duchas del gimnasio vacío
Un viernes a las diez, el gimnasio casi vacío y un tipo que cargaba el doble que yo en el banco de al lado. Bastó una mirada en el espejo para que todo se torciera.
Un viernes a las diez, el gimnasio casi vacío y un tipo que cargaba el doble que yo en el banco de al lado. Bastó una mirada en el espejo para que todo se torciera.
Llevaba diez años sin pensar en mi propio cuerpo. Bastó que aquel masajista clavara sus dedos en mi espalda para que algo que creía imposible empezara a despertar.
Mi amiga me prometió una noche de disfraces y descontrol. Me puse el traje más atrevido del sexshop y bajé a la calle sin imaginar lo que me esperaba en ese bar.
El zumbido del aire acondicionado era la banda sonora de su jaula dorada. Esa noche, una llanta reventada la dejó frente a tres desconocidos y al borde de lo que jamás se permitió desear.
Estaba furiosa, temblando, con una botella casi vacía a mi lado. Marqué su número a las tres de la madrugada solo para escucharlo respirar al otro lado de la línea.
Cuando me dijo lo que de verdad le excitaba, supe que abríamos una puerta que ya no íbamos a poder cerrar. Y no quería cerrarla.
Yo tardaba a propósito en darle el abrigo, disfrutando de cómo los hombres la miraban. No imaginé que uno se atrevería a tanto delante de mí.
Mi marido llevaba dos décadas esperando que cruzara esa línea. Nunca imaginé que lo haría una tarde cualquiera, contra la pared de mi propia oficina.
Cuando bajó del avión con ese short y esa sonrisa, supe que el código de no tocar a la hermana de un amigo me iba a costar caro.
Llegué a su piso convencido de que las agujas no me iban a tocar el alma. Damián me hizo entender muy rápido que se había preparado para lo contrario.
Me dijo que iba a mostrarme tres momentos de placer y que me iba a ir liviano. No mencionó las esposas, ni el balcón, ni el vibrador que cambiaría todo.
El primer cliente me pidió algo que no estaba en mi contrato. Cuando volví al cuarto, Salvador respiraba como si llevara horas despierto.
Estaba solo en casa, abrí la aplicación y un camionero rumano respondió con una foto que me sacó de la cama y me llevó hasta su tráiler.
Lo conocían como el viejo bonachón de la esquina, el que saludaba a todos y nunca levantaba la voz. Bastó una tarde a puerta cerrada para descubrir al hombre que de verdad era.
Salimos primero él, después yo, con un par de minutos de diferencia. Nadie en el bar tenía por qué saber lo que iba a pasar entre los cartones del callejón.
Se puso el vestido más corto que tenía, sin nada debajo, y caminó sola hacia las sombras del astillero. No iba a creerle a nadie: necesitaba comprobarlo con su propio cuerpo.
Vivía a tres portales del mío y solo quería ver porno y tocarnos. Lo que descubrí de él esa tarde lo cambió todo entre nosotros.
Diez minutos de espera y ahí estaba él, puntual como siempre, sin saber que yo lo miraba. Lo que no imaginé fue lo que encontré en mi felpudo a la mañana siguiente.
Acordé verlo por la app en veinte minutos. No imaginé que esa misma noche un desconocido iba a decidir por mí qué hacía mi cuerpo y a quién se lo entregaba.
Pensé que era un peón más, pero cuando se quitó la camiseta bajo el sol de marzo entendí que ese cuerpo sudado iba a quedarse conmigo mucho después de terminada la obra.