La hermana de mi mejor amigo volvió de Miami
Cuando bajó del avión con ese short y esa sonrisa, supe que el código de no tocar a la hermana de un amigo me iba a costar caro.
Cuando bajó del avión con ese short y esa sonrisa, supe que el código de no tocar a la hermana de un amigo me iba a costar caro.
Llegué a su piso convencido de que las agujas no me iban a tocar el alma. Damián me hizo entender muy rápido que se había preparado para lo contrario.
Me dijo que iba a mostrarme tres momentos de placer y que me iba a ir liviano. No mencionó las esposas, ni el balcón, ni el vibrador que cambiaría todo.
El primer cliente me pidió algo que no estaba en mi contrato. Cuando volví al cuarto, Salvador respiraba como si llevara horas despierto.
Estaba solo en casa, abrí la aplicación y un camionero rumano respondió con una foto que me sacó de la cama y me llevó hasta su tráiler.
Lo conocían como el viejo bonachón de la esquina, el que saludaba a todos y nunca levantaba la voz. Bastó una tarde a puerta cerrada para descubrir al hombre que de verdad era.
Salimos primero él, después yo, con un par de minutos de diferencia. Nadie en el bar tenía por qué saber lo que iba a pasar entre los cartones del callejón.
Se puso el vestido más corto que tenía, sin nada debajo, y caminó sola hacia las sombras del astillero. No iba a creerle a nadie: necesitaba comprobarlo con su propio cuerpo.
Vivía a tres portales del mío y solo quería ver porno y tocarnos. Lo que descubrí de él esa tarde lo cambió todo entre nosotros.
Diez minutos de espera y ahí estaba él, puntual como siempre, sin saber que yo lo miraba. Lo que no imaginé fue lo que encontré en mi felpudo a la mañana siguiente.
Acordé verlo por la app en veinte minutos. No imaginé que esa misma noche un desconocido iba a decidir por mí qué hacía mi cuerpo y a quién se lo entregaba.
Pensé que era un peón más, pero cuando se quitó la camiseta bajo el sol de marzo entendí que ese cuerpo sudado iba a quedarse conmigo mucho después de terminada la obra.
Marina volvió de la universidad hecha una mujer, y entre risas y juegos en el agua entendí que ya no éramos los críos que se bañaban cada verano en aquel pueblo.
En un callejón estrecho que olía a cartón húmedo, le expliqué que mi rosa no costaba dinero. Costaba un favor. Y ella aceptó sin terminar de entender a qué.
Estaba solo, tomando el último sol de la tarde, cuando aquel joven salió del agua y se sentó demasiado cerca. Su pregunta no buscaba un cigarrillo.
Aparcamos en aquella obra abandonada y, sin decir palabra, su mano se apoyó en mi muslo. Su mirada lo decía todo, y yo supe que ya no había vuelta atrás.
Abriste los ojos y el techo no era el tuyo. Tu mano bajó al pecho y encontró músculos que no recordabas. Algo dentro de ti ya había decidido lo que harías esa noche.
Le dije que solo íbamos a cenar fuera y cambiar de aires. No le conté que llevaba semanas preparando lo que pasaría esa noche en la habitación del hotel.
Me hacía despertar a una hora exacta sin alarma, solo con sus palabras metidas en mi cabeza. Y yo obedecía, mientras mi novio roncaba a mi lado.
Hacía seis años que nadie la tocaba con deseo. Esa noche, de pie en el pasillo del tren, sintió una mano que no debía detener y eligió no hacerlo.