Fui insolente con mi amo y pagué cada palabra
Esa semana me había comportado como una insolente, y él me lo advirtió: ya veríamos si seguía tan altiva cuando lo tuviera frente a frente, de rodillas.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Esa semana me había comportado como una insolente, y él me lo advirtió: ya veríamos si seguía tan altiva cuando lo tuviera frente a frente, de rodillas.
Solo buscábamos un atajo hacia el restaurante. En ese callejón sin salida aprendí lo cobarde que era, mientras tres desconocidos decidían por nosotros.
Siempre fue ella quien empuñó la correa. Esa noche, encadenada al potro, descubrió que también las reinas terminan arrodilladas ante un ama más cruel que ellas.
Sé que cuando termine de hablar me hará pagar cada palabra. Pero mi ama insiste: quiere que le cuente, de rodillas, aquello que nunca le confesé a nadie.
Nadie a mi alrededor lo sospecha, pero todo el día obedezco órdenes que solo existen en mi cabeza… y cada vez deseo más que se vuelvan reales.
Cuando la calefacción de la cabaña se apagó, mi marido me recordó que sus reglas no se rompen porque haga frío. Esa noche entendí qué significaba pertenecerle de verdad.
Cuando la puerta del ascensor se cerró tras mi cuñada, mi hijo entendió que la mentira que había contado en la mesa no iba a salirle gratis.
El toque de queda ya había pasado cuando una mano conocida la arrastró al cuarto de servicio. Su hermana mayor tenía una forma muy concreta de imponer las reglas.
Cuando entré al salón, el marido estaba sentado en el suelo, a los pies de su mujer, con una correa al cuello y sin decir una palabra.
«La paciencia es una virtud», dijo sin levantar la vista del café. Y yo, que llevaba un mes sin permiso para terminar, supe que la prueba empezaba ahí.
Había puesto de rodillas a media comisaría delante del juez. Esa madrugada, el sargento decidió que le tocaba a ella arrodillarse, y no precisamente ante la ley.
Creía conocer todos los juegos de mi marido. Hasta que abrí ese historial y leí, con su propia letra, lo que de verdad pasó aquella noche en el motel.
Despertó dándome la espalda y con la marca de mis dientes en el hombro. Le dije que el baño era mío y obedeció sin preguntar nada.
Bastó subirle la falda en lo alto del laberinto para que las cámaras de los desconocidos dejaran de apuntar a las ruinas y empezaran a seguirla solo a ella.
Encendí ese teléfono solo para borrarlo antes de regalarlo. Lo que encontré dentro me dejó vigilando una intimidad que ya no era mía.
Cuando escuchó el grito en el aula vacía, supo que volvía a tocarle trabajo: antifaz puesto, botas ajustadas y una lección que ese cerdo no olvidaría jamás.
Llevaba todo el verano metiendo mano donde no debía. Esa tarde, junto a la piscina, descubrió que alguien lo había estado observando y que su suerte se había acabado.
Tenía claro que no le haría nada a ese chico de mirada rota. Pero entonces encontró los vídeos que guardaba en mi disco duro, y todo lo que pasó después lo decidió él.
Le habían hablado de un negocio con un catálogo enorme, donde podías elegir a la persona exacta que querías poseer. Adriano cruzó la puerta sin un solo nervio.
Siempre creí que conocía a mi hermano. Hasta la noche en que entré a su cuarto, vi lo que ocultaba en la pantalla y entendí que nada volvería a ser igual entre nosotros.