La pareja que conocimos en el club swinger
Rodrigo se acercó al sofá donde mi marido estaba solo y le dijo: «mi novia lleva media hora mirándote». Lo que siguió no fue predecible para ninguno de los cuatro.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Rodrigo se acercó al sofá donde mi marido estaba solo y le dijo: «mi novia lleva media hora mirándote». Lo que siguió no fue predecible para ninguno de los cuatro.
Después de meses en cautiverio, lo último que Valeria esperaba era que Sofía misma le pidiera que la atara. Pero así comenzó aquella primera noche.
Cuando cerraron la puerta y la oscuridad se hizo absoluta, supe que no era un castigo. Era algo peor: la transformación que iba a borrarme para siempre.
Elena nunca imaginó que esa confesión a la hora de la cena abriría una puerta que llevaba años entornada. No volvería a cerrarla.
Cuarenta y cinco años, barriga incipiente y un aparato de castidad que mi propia hija controla desde el otro lado de la barra. Esta es mi vida ahora.
Pulsé el timbre con los dedos temblorosos. Sabía que al otro lado de esa puerta me esperaba alguien capaz de convertirme en lo que siempre había soñado ser.
Cuando el ascensor se cerró, se acercó a mí y dijo en voz baja: —De ahora en más, solo harás lo que te ordene. Y yo lo supe de inmediato.
Sofía pesaba noventa kilos de pura autoridad. Renata lo entendió la noche en que una carpeta vieja cambió el equilibrio de poder entre las dos para siempre.
Raquel creyó que siempre sería quien imponía las reglas. Esa noche en el muelle, con el bocado de hierro y la marca fresca en el muslo, todo cambió.
La varilla de bambú silbó en el aire y Clara no parpadeó. Éramos amigas. Ahora ella sostenía el cronómetro y yo estaba de rodillas sobre la rejilla helada.
Llegamos sin saber qué nos esperaba. Salimos siendo distintos. Una finca, siete hombres y un desconocido que decidió que yo sería suya esa noche.
Entré a buscar el teléfono y lo encontré allí, en silencio, mirándome de esa forma que sabía exactamente lo que significaba.
La mazmorra del Ama Vera no tenía secretos para mí, pero esa noche llegó Elena, y todo cambió cuando Vera nos ató juntos cara a cara.
Nunca imaginé que Mamá Noel me llamaría a su habitación esa noche. Lo que ocurrió entre nosotras dos superó todos mis sueños eróticos juntos.
Nunca me había sentido así: el vientre todavía plano, el cuerpo en llamas, y una necesidad tan urgente que no podía esperar a nadie más que a mí misma.
Cuando abrí los ojos ya era tarde. Dos cuerpos me aplastaban contra el colchón y el frío del acero en mis muñecas me dijo que aquella noche lo había cambiado todo.
Llevaba puesto el conjunto negro de lencería de mi suegra cuando la puerta se abrió. Detrás de Lucía no venía solo Patricia. También estaba mi madre.
Cuando bajó al salón con el top a medio poner, ya era tarde. Los dos hombres la miraban en silencio, y el cronómetro del teléfono de su padre marcaba ciento ochenta segundos.
Cuando él le pidió fregar el suelo de rodillas, ella no había hecho nada mal. Esa era la prueba: obedecer sin castigo, demostrarle que su mano era la única medida.
Llevábamos meses jugando con la idea hasta que esa noche en la casa de la playa, con mi exmarido mirando desde el sillón, todo se nos fue de las manos.