La reunión donde el director acabó suplicando
Cuando Beatriz cerró la puerta del despacho con llave, ninguno de los dos hombres entendió aún que la tutoría se había convertido en otra cosa.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Cuando Beatriz cerró la puerta del despacho con llave, ninguno de los dos hombres entendió aún que la tutoría se había convertido en otra cosa.
No me duché antes de volver. Quería que el aroma de él se mezclara con el mío y que mi novio aprendiera, con la lengua en mi ropa interior, lo que olía.
Llevaba meses publicando fantasías anónimas en un foro. Cuando él me escribió pidiendo conocerme, supe que iba a obedecer mucho antes de aceptar la cita.
Cuando le pedí que me atara las muñecas con la pañuela de seda, no sabía que el verdadero juego empezaba con una palabra de tres letras: rojo.
Cuando ella se sentó sobre mi cara y el oxígeno empezó a bajar, entendí que mi voluntad ya no me pertenecía. Solo el latido del Amo decidía si yo respiraba.
Firmamos el papel sin leerlo. Tres días después mi mujer volvió del cobertizo con la marca de otro hombre quemada en la nalga y una calma que aún no entiendo.
La voz de Hayashi me llegó como un golpe seco: el contrato se extendía cuarenta y cinco días más. Estaba en la página 492 y lo habíamos firmado sin leerlo.
Cuando colgué el teléfono aquella madrugada me juré que jamás obedecería una orden tan sucia. A las siete cincuenta y cinco ya estaba en cuclillas, esperándolo.
Mientras se ahogaba entre whiskies, me confesó su fantasía más oscura. No supo lo que pedía hasta que llegué a casa con la prueba grabada.
Entré a su despacho para hablar y terminamos follando sobre su escritorio mientras el resto de la oficina almorzaba sin saber nada.
Siempre supe que quería rendirme por completo ante alguien. Lo que no sabía era que ese alguien sería un desconocido enorme que me había golpeado por error.
No necesitaba tocarlo para controlarlo. Solo tenía que elegir las palabras correctas y observar cómo se deshacía frente a mí.
Lo que pasaba en esa sala era confidencial. Nerea lo vio todo a través de la cerradura, con la mano apoyada en la pared y la respiración cortada.
Recibí el paquete un martes sin aviso previo. Dentro, tres bikinis que él había elegido solo. La nota decía: «Pruébatelos esta tarde. Dos fotos de cada uno. No improvises los ángulos.»
A once mil metros de altura, controlaba sus cuerpos desde mi asiento. Lo que les esperaba en Río era apenas el preludio del sometimiento real.
Colgada de la barra con los brazos en alto y las piernas separadas, desnuda bajo la única luz de la habitación. Aún me miraba con desprecio. Por ahora.
Me tenían de rodillas en el canil, esposada y sin poder moverme, mientras ellas reían y sus perros rondaban cada vez más cerca.
Lo que empezó como una salida a comprar ropa provocativa terminó con las manos de un extraño en mis nalgas, mientras mi esposo sonreía detrás de él.
Tres días sin poder ir al baño, un consultorio de lujo y una médica trans que me cobró la consulta a su manera. Lo que pasó allí dentro no se olvida.
Cuando le propuse a Valeria compartir a mi novio y a mi hermano, se quedó sin palabras. Lo que vino después en el sótano fue imposible de olvidar.