La noche que me dejé llevar por un desconocido en el spa
Su voz me derritió antes de que sus manos me tocaran. Nunca pensé que un desconocido en un spa me haría sentir tan expuesta y tan libre al mismo tiempo.
Historias reales contadas en primera persona
Su voz me derritió antes de que sus manos me tocaran. Nunca pensé que un desconocido en un spa me haría sentir tan expuesta y tan libre al mismo tiempo.
Cuando llegó su mensaje al celular, llevaba horas ardiendo de deseo. Me puse la lencería, los tacones y esperé. Esa noche no iba a dormir sola.
A los treinta y nueve años había aprendido a medir el tiempo en canciones. La noche del becario sumó una nueva, y aún me devuelve a sus manos al primer acorde.
Había tomado la decisión de dejarlo, pero cuando abrió la puerta y me miró así, supe que esa noche no iba a ser fácil.
Llevaba semanas dándole vueltas a la idea de invitar a otro hombre a nuestra cama. Aquella noche, mientras la besaba despacio, por fin le susurré al oído lo que tanto callaba.
Bajé a ayudarlo vestida con lo que tenía puesto. No había calculado lo que pasaría cuando me senté a su lado en ese cuarto.
Clara jugó con la llave entre sus dedos y me miró desde el sofá. Yo sabía lo que venía. Y lo peor era que una parte de mí lo deseaba.
Todo empezó la noche en que descubrí que mi madre llevaba meses acostándose con el hombre del que yo estaba enamorada.
Llevaba una semana entera contando las horas. Cuando lo vi cruzar las puertas del aeropuerto, supe que esa noche no iba a ser como las demás.
Dos copas de vino, su pregunta inesperada y yo contándole mi primera vez con otro hombre mientras él me escuchaba con una atención que pronto se convirtió en algo más.
Cuando ella entró desnuda al agua caliente y me miró sin pudor, supe que esa noche en Tokio no tenía nada que ver con la reunión del día siguiente.
Llegó con su mochila al hombro y se encerró en el baño. Cuando salió, la sonrisa ya prometía que esa noche iba a desordenarme la vida entera.
Siete de la mañana y el deseo ya estaba ahí. A lo largo del día se coló en la ducha, en el supermercado, en el sofá con él. Un fuego que intentaba apagar y que volvía solo.
A las tres de la madrugada salí al parque con el camisón más corto que tenía. Sin nada debajo. Lo que pasó después fue algo que no olvidaré.
Tomó otro sorbo de vino, me miró con esa sonrisa que anuncia confesión, y arrancó a contarme lo que realmente pasó esa noche en la casa alquilada.
El sobre llegó al plató una noche de martes. Papel grueso, mi nombre escrito a mano, una oferta que no debería haberme tentado tanto como lo hizo.
La puerta se cerró tras ella con un clic que sentí en el pecho. No había nadie más en la sala, solo nosotros, los libros y todo lo que llevábamos meses fingiendo no desear.
Nunca había visto a mi madre lanzar un golpe. Cuando entré a la cochera, la encontré en topless dándose puñetazos con mi tía y un muro que no debía caerse cayó.
Pensé que sería un café y una firma. Terminé desnudo en un baño termal con una desconocida que conocía mi nombre antes de que yo conociera el suyo.
Entró al cuarto, vio el lazo de regalo atado a esa polla negra que salía del agujero, y me miró como si no supiera si besarme o denunciarme.