La pareja que conocimos en el club swinger
Rodrigo se acercó al sofá donde mi marido estaba solo y le dijo: «mi novia lleva media hora mirándote». Lo que siguió no fue predecible para ninguno de los cuatro.
Rodrigo se acercó al sofá donde mi marido estaba solo y le dijo: «mi novia lleva media hora mirándote». Lo que siguió no fue predecible para ninguno de los cuatro.
Me habían abandonado hacía tres semanas. Esa noche entré al bar sin ganas de nada y salí con la certeza de que no sabía nada sobre el placer.
La novia me la presentó como «una compañera del trabajo». Tenía el vestido justo, un tatuaje en el escote y una manera de mirar que no era casual.
El ático tenía doscientos metros cuadrados, seis personas con ganas de explorar y una botella de Jäger que empezó a rodar sin que nadie la detuviera.
Era la una de la mañana y tú tenías la mano en mi muslo como si el taxista no existiera. Lo que vino después todavía me quita el sueño.
Elena apoyó la cabeza en el borde del jacuzzi y sus pechos emergieron entre las burbujas. El tipo de la autocaravana de al lado llevaba rato sin disimular.
Sandra y yo los encontramos en el jacuzzi. Pablo estaba follando a Lucía, mi chica, sin haberse dado cuenta de que teníamos público. La noche todavía no había empezado de verdad.
Ella se giró en la toalla con un cuerpo de mujer, pero entre las piernas llevaba algo que me dejó sin palabras. Y sin embargo, no pude apartar los ojos.
Se había presentado como el activo del chat. Pero cuando le puse las manos en los hombros y vi cómo se relajó, entendí que esa tarde las reglas iban a cambiar.
Llevaba semanas hablando con él en la app, pero hasta esa noche nunca habíamos quedado. Tenía la imagen de su cuerpo grabada y una erección que no me dejaba pensar.
Pusimos el anuncio por curiosidad y llegaron cuarenta cartas. Solo una nos pareció interesante. Lo que pasó en esa habitación de hotel todavía nos sorprende.
Nunca había entrado a un sitio así. Pero esas piernas, esa sonrisa pícara, esa puerta de metal... algo me dijo que esta vez tenía que seguir.
Terminé mi turno, hacía un frío brutal en el andén, y el chofer me dijo que podía quedarme en su autobús para calentarme. No tenía idea de lo que vendría.
Elena nunca imaginó que esa confesión a la hora de la cena abriría una puerta que llevaba años entornada. No volvería a cerrarla.
Lo vi por primera vez al otro lado de la piscina, mientras Marcos firmaba papeles. Algo en su forma de mirarme me dijo que esa noche no iba a terminar como las demás.
Llevaba un vestido ajustado de mi compañera cuando un taxista frenó para pedirme servicio. Nunca imaginé que iba a disfrutarlo tanto.
Llevaba semanas sin respirar por culpa del trabajo. Esa noche quise celebrar solo. Entré en el primer bar que vi y salí siendo otro.
Cuando el ascensor se cerró, se acercó a mí y dijo en voz baja: —De ahora en más, solo harás lo que te ordene. Y yo lo supe de inmediato.
Cuando Rodrigo me abrió la puerta, supe que no había vuelta atrás. Mi vida estaba a punto de cambiar de una manera que nunca imaginé.
La promesa se la había hecho semanas atrás, en un momento de debilidad que no olvidaba. Ahora estaba aquí, y Karim no iba a dejarla arrepentirse.