Lo que pasó dos veces con el uniformado de las cabinas
La primera vez lo conocí por el chat interno. Entré y lo encontré con la bragueta abierta y esa verga morena que me hizo arrodillarme sin dudar.
La primera vez lo conocí por el chat interno. Entré y lo encontré con la bragueta abierta y esa verga morena que me hizo arrodillarme sin dudar.
El dueño del gimnasio pidió que se quitara toda la ropa. Yo asentí con calma y esperé. Lo que pasó después fue mejor que cualquier fantasía.
El primero llegó con flores y lencería de regalo, pero cuando llegó el momento me llamó mala mujer. El segundo, canoso y paciente, supo leerme desde el principio.
Llegamos sin saber qué nos esperaba. Salimos siendo distintos. Una finca, siete hombres y un desconocido que decidió que yo sería suya esa noche.
Tres noches seguidas la escuchó entrar al baño a la misma hora. En la cuarta, se paró en el pasillo. Solo para mirar una vez, se dijo.
Tenía veinte años y nunca había estado con un hombre. Esa noche cerrando el gym, el único socio que quedaba entró a las duchas al mismo tiempo que yo.
Estaba sentado aparte mirando el agua con resignación. Era tímido, era virgen y era perfecto para lo que mi amiga y yo llevábamos pensando toda la tarde.
El tipo puso la mano sobre la falda de Lucía y ella no se movió. Yo estaba aplastado entre cuerpos y lo que sentí no fue lo que esperaba de mí mismo.
La encargada del almacén nunca le dio ni media sonrisa. Esa noche la encontró sola en la parada, sin colectivos y sin escapatoria.
Me pasó una piedra por la espalda, murmuró algo que no entendí, y de repente solo quería una cosa: que ese hombre me tomara. No sé si fue brujería. Sé que no me resistí.
Llevaba años con esa curiosidad sin nombre. Cuando Diego apareció en la cala, solo y con tiempo libre, algo cambió antes de que terminara el día.
Me paré en el umbral con el vino en la mano y lo miré desde lejos. Él levantó la vista. Yo sonreí. No hizo falta decir nada más.
Cuando le pedí que abriera un poco las piernas y el chico del fondo no pudiera dejar de mirarla, entendí que aquella fantasía era solo el principio.
Cuando el portón se cerró detrás de mí, con la jarra de agua en la mano y los dos obreros mirándome, supe que lo había buscado desde el primer día.
Llevaba meses siendo invisible para mi marido. Cuando el técnico llamó a la puerta esa tarde, algo en mí decidió que no iba a dejar pasar la oportunidad.
Le pedí que se pusiera la falda más corta que tenía y esperara al repartidor. Yo me escondí detrás del sillón. Lo que pasó después superó todo lo que habíamos imaginado.
Llevaba la lencería más atrevida y ganas de que alguien me notara. Cuando él apareció entre los jardines y me vio cruzada de piernas, supe que la semana iba a ser distinta.
Me metí al agua de noche con lencería y un juguete ajustado, convencida de que estaría sola. Alguien me observaba desde la oscuridad del bar.
Llevaba días con esa fantasía dando vueltas en la cabeza. Cuando Héctor apareció en la cancha vacía, supe que la noche iba a terminar de otra manera.
Cuando se agachó a buscar en el cajón del fondo, su pantalón viejo se rajó. Yo no llevaba ropa interior. El pasillo estaba desierto.