Lo que descubrí en el vestuario del gimnasio
Entré al vestuario sin pensarlo y salí con las piernas temblando, mirando a esas mujeres desnudas como nunca había mirado a nadie en mi vida.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Entré al vestuario sin pensarlo y salí con las piernas temblando, mirando a esas mujeres desnudas como nunca había mirado a nadie en mi vida.
Cuando él se baja el bóxer frente a la computadora, yo dejo la esponja en el agua. Mi marido y mi hijo duermen. La ventana de enfrente queda abierta.
Tres meses después de aquella primera charla en el sofá, le acomodé el vestido, le aparté el tanga con dos dedos y la mandé sola al hotel sabiendo que volvería marcada.
Cuando abrí la puerta del probador, no estaba vacío. Él me había seguido desde la planta baja y se había escondido dentro para esperarme con una sonrisa que ya conocía.
Nunca me habían atraído los hombres, pero esa figura en la pantalla despertó algo que no supe nombrar. Y entonces ella me ofreció pagarme.
Lo vi en bóxer una sola vez y desde entonces no puedo dormir sin pensar en él. Que sea mi medio hermano debería bastar para detenerme, pero no basta.
Entré a la consulta con la garganta seca. No esperaba que ella me pidiera cerrar los ojos y describir, palabra por palabra, aquello que llevaba meses ocultando.
Una sonrisa desde la mesa de al lado, una servilleta con un número y, sin querer, mi esposa se atrevió a cruzar una línea que llevaba años imaginando.
«Buenas noches, princesa», me susurró mi esposa al oído. Y algo dentro de mí, algo que ella había plantado semanas atrás, respondió como si llevara toda la vida esperando ese nombre.
Bajó de la escalera con una falda imposible y me sonrió. En diez minutos, las dos cruzaríamos un portal hacia un mundo donde nada estaba prohibido.
Marpesa había gobernado Helíada con una lanza y un grito, pero esa noche, frente a la mujer de ojos plateados, supo que el deseo también podía ser una guerra.
Llevaba meses deseando a mi compañera de piso, hasta que un día encontré una actriz con su misma voz. Esa tarde, creí que tendría toda la casa para mí.
Nunca pensé que un avatar en un videojuego me iba a devolver las ganas de desear a otra mujer, ni que ese deseo se quedaría conmigo mucho después de apagar la consola.
Cerraba la regadera para cubrirme de espuma e imaginaba que alguien me miraba desnuda desde la ventana. Así descubrí lo que me encendía por dentro.
La puerta del despacho quedó entreabierta y, sin pretenderlo, me convertí en testigo de algo que no debía mirar ni escuchar, pero del que ya no pude apartarme.
Cuando Matías y yo volvimos del kiosco con los cigarros, Camila y Renata ya estaban demasiado cerca en el sillón, murmurándose cosas al oído.
Empecé a tocarme cada vez que oía su voz en el taller a distancia. Nunca imaginé que meses después abriría la sala de juntas y los encontraría a los dos.
Esa tarde de otoño, cuando los dedos del príncipe rozaron los del leñador junto a la pila de leña caída, ninguno imaginó hasta dónde llegaría aquel calor.
Las luces estaban listas, la cámara encendida y mis cinco amigas me miraban en silencio, esperando ver hasta dónde me animaba a llegar yo sola.
Quiero ponerme la peluca, maquillarme y entregarme a un desconocido que haya leído mis historias. Una sola noche, sin compromisos, antes de que sea tarde.