La foto de Twitter que me hizo perder la cabeza
Bajé la mano sin pensarlo, con el celular en la otra y su foto llenando la pantalla. Nunca había deseado así a una mujer, y ella ni siquiera sabía que yo existía.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Bajé la mano sin pensarlo, con el celular en la otra y su foto llenando la pantalla. Nunca había deseado así a una mujer, y ella ni siquiera sabía que yo existía.
La conocí entre píxeles y promesas a distancia. Ella nunca supo que cada noche, sola en mi cuarto del hotel frente al mar, me la imaginaba a mi lado.
Tres de la mañana. Un camisón corto. Nada debajo. Y la sensación de que cada farol del parque era un ojo curioso esperando que diera el paso de más.
A las tres de la madrugada, dos hombres tocaron la puerta. Lo que ninguno de ellos sabía era que Camila llevaba semanas pidiéndome esa noche.
Encendí la lámpara y allí estaba él, de pie a los pies de mi cama, observándome como si me reconociera. Yo, que escondía un secreto bajo el camisón, no pude apartar los ojos.
Apenas la había metido al patio cuando empezó a sangrar. Pero la herida no era el secreto más extraño que esa mujer guardaba bajo mi techo.
Lo conocí en una entrega de premios donde ninguno quería estar. Le di fuego en el pasillo trasero y, sin saberlo, le di también todo lo demás.
En el pasillo del aceite ella se inclinó dos segundos de más. El tipo del fondo soltó la lista de compras. Nadie sospechó del juego que llevábamos años perfeccionando.
Cada vez que me siento a escribir sé que ella me leerá por encima del hombro, y eso me moja antes de teclear la primera palabra.
Subí la escalera con la mochila vacía y el short corto. Él me esperaba en el entrepiso, sabiendo desde el principio que esa pizza nunca había existido.
Cuando descubrí al vecino asomado tras la medianera, no me cubrí. Bajé el corpiño bajo la ducha del patio y dejé que viera todo lo que quisiera.
Entré sola al probador con un body de encaje rojo en la mano. No sabía que del otro lado de la cortina un extraño esperaba el momento exacto para mirarme.
Lo descubrí por accidente: mis propias fotos circulando entre desconocidos, mi marido riéndose en silencio. Y lo peor fue lo que sentí al darme cuenta.
Bajo la luz azulada del amanecer, su respiración pausada me dijo que dormía profundo. Me acerqué hasta sentir su olor y supe que ya no podría detenerme.
Bajamos al salón donde varias parejas se entregaban entre ellas. Yo solo debía mirar. Pero la imagen de él entrando en otra mujer regresó por las noches.
Cuando vi sus calcetines tirados en el suelo del baño del hotel, supe que estaba a punto de cruzar una línea que jamás podría desandar con mi mejor amigo.
Adela había evitado siempre ser tocada. Aquella madrugada de enero, una desconocida de piel translúcida se sentó en el borde de su cama y supo que no podría apartarla.
Bastó una mirada instintiva a su escote para saber que iba a perderme con ella. Lo que no sabía era cuánto tardaría en confesárselo, ni cómo terminaríamos esa primera noche.
Cuando el dolor cesó y me miré al espejo, no quedaba nada de quien fui. Solo un hombre desnudo, listo para entregárselo todo al único que siempre había amado.
A solo tres agujeros de gusano de distancia existe una tierra idéntica a la nuestra, salvo que allí el deseo no se esconde y las familias se despiden con corridas en el rostro.