Quiero ser tu fantasía recurrente cada noche
No quiero que me respetes a distancia. Quiero ser eso que abres en secreto, a las dos de la mañana, con la mano ya metida bajo la sábana y mi nombre atascado en la garganta.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
No quiero que me respetes a distancia. Quiero ser eso que abres en secreto, a las dos de la mañana, con la mano ya metida bajo la sábana y mi nombre atascado en la garganta.
Conté hasta diez antes de cada golpe, sola frente al espejo, con la pomada ardiendo en cada herida abierta. Nadie sabía lo que el dolor estaba haciendo conmigo esa noche.
Son las cinco de la mañana, ya pospuse dos alarmas y mi cuerpo despierta antes que mi cabeza. La ducha se ha convertido en el único lugar donde me permito todo.
Creí que estaba solo entre los árboles, hasta que un crujido lo cambió todo y entendí cuánto deseaba que alguien me encontrara así, desnudo y entregado.
Pedí mi primer juguete por internet para no morir de vergüenza en la tienda. Lo que no imaginé fue la cara del repartidor al entregarme aquella caja.
La ciudad entera se apagó esa tarde, y en el asiento de un autobús abarrotado descubrí hasta dónde era capaz de llegar cuando nadie me miraba.
Dejé a mi compañera en el mostrador, cerré la puerta del almacén y, con los dedos temblando, le escribí que me enviara otra foto.
Llevaba meses imaginándolo a oscuras, sin atreverse. Esta vez cerró la puerta con llave, apagó el teléfono y se prometió que no se detendría a mitad de camino.
Leí cada palabra que le escribía a la otra y, en lugar de rabia, sentí un calor entre las piernas que no reconocía. Esa tarde dejé de ser invisible.
Eran más de las diez, la casa en silencio y yo decidida a no rendirme otra vez. Esta noche quería llegar hasta el final, costara lo que costara.
No fui directa al grano como siempre. Esa mañana me di permiso de mirar, de imaginar y de esperar, hasta que el cuerpo entero me empezó a temblar de pura anticipación.
Cada mensaje que abro en pantalla es una caricia que nadie ve. Finjo trabajar mientras por dentro ardo, esperando el momento de llegar a casa y dejarme caer.
Esa noche cerré la puerta con llave, apagué el teléfono y, por primera vez, me permití averiguar qué se sentía al dejar de resistirme.
Nadie le había hablado nunca de su propio cuerpo. Esa noche, frente al espejo del baño, Valeria entendió por primera vez lo que su piel podía darle.
En la oscuridad de mi cuarto nadie me veía. O eso creía, hasta que él se acercó a su ventana y se quedó mirando hacia mí más tiempo del que debía.
Tenía veintisiete años y seguía siendo virgen. Esa tarde, sola en una casa ajena, encontré algo que me obligó a mirarme en el espejo y reconocer lo que escondía.
Hacía meses que le había confesado entre besos que quería ser usado por desconocidos. Esa noche me pidió que llevara el traje de sirvienta en la mochila.
Toda mi vida fui hetero. Hasta que una tarde mi hijo cruzó el salón y no pude apartar los ojos de su entrepierna. Esa noche supe que ya no iba a poder pararlo.
Siempre fantaseé con estar con otra mujer, pero nunca lo había hecho. Esa noche, en su departamento, ella me pasó las manos por las caderas y supe que no íbamos a dormir.
Me duermo siendo yo y despierto siendo otra. En el sueño tengo curvas, no tengo lo de antes y espero, ansiosa, que la puerta se abra y entre él.