Confieso lo que sueño con un taxista cuarentón
Tengo 33 años, llevo cuatro sola y hay una fantasía que se me repite cada noche cuando me toco. Hoy la cuento por primera vez.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Tengo 33 años, llevo cuatro sola y hay una fantasía que se me repite cada noche cuando me toco. Hoy la cuento por primera vez.
Hacía dos meses que esa mujer me arreglaba las uñas en mi sala. El sábado compré vino, me puse un vestido rojo sin tanga y decidí que esta vez no iba a quedarse solo en fantasía.
Coloqué el portátil sobre la cómoda, apunté la cámara hacia su cama y bajé a hacerle charla. En treinta minutos vería lo que llevaba años imaginando.
Cuando Aitana entró en la cafetería con esa camiseta ajustada, supe que no íbamos a hablar solo de pasos de baile. Tampoco íbamos a tomar café.
Si te viera con ese vestido verde, me acercaría gateando y te besaría los pies antes de pedir permiso para mucho más. Hoy desperté hambrienta de ti.
Subimos al amanecer con la cámara y una idea atrevida. No esperaba que dos extraños aparecieran justo cuando empezaba a soltarme entre los pinos.
Lo até con cuerdas para que no me mordiera. Lo bañé entre las ruinas. Lo que descubrí esa noche entre los estantes vacíos cambió quién era yo para siempre.
Mateo nunca pensó que un shot de tequila sobre el escote de su amiga terminaría sacándole la verdad que llevaba años escondiendo incluso de sí mismo.
Bajé a mi cuarto queriendo huir del ruido. Acabé con las piernas abiertas frente al espejo, mientras todos brindaban a unos metros sin sospechar nada.
Llevaba meses cruzándome con él en el ascensor, sabiendo que era imposible. Esa noche encontré un cartel amarillo con un número y la promesa de un amarre.
El convoy del príncipe entró sin avisar entre las grúas. Bajó del segundo coche, se quitó las gafas oscuras y supe que aquellos tres meses de silencio iban a romperse esta misma noche.
Tres desconocidos nos miraban con descaro desde la piscina, y yo todavía no sabía que mi novia y yo saldríamos de allí con un secreto cada uno.
El camión iba lleno y me senté hasta el fondo. Cuando me bajé el cierre supe que jugaba a perder, pero esa mujer del escote no apartaba la mirada y eso solo me puso peor.
Pensé que era una broma cuando me lo dijo entre cucharada y cucharada. Pero al día siguiente ya estaba llamando a Lorena para proponerle un viaje distinto al habitual.
Hay un rincón del rancho donde el roble tapa el sol y los matorrales tapan todo lo demás. Esa tarde, fui yo quien quiso ser tapada por unos ojos ajenos.
Esa mañana decidí salir sin nada bajo la falda. No quería que me tocaran, solo que me miraran. Y en la heladería del segundo piso alguien lo notó.
Bajé del avión sabiendo que tendría que mirarlo a los ojos. Lo que no sabía es que esa misma noche, entre lágrimas, iba a pedirle algo que jamás me atreví a decir.
La idea cruzó por mi mente mientras él me sostenía contra la cama, y supe que apenas la dijera en voz alta nada volvería a ser igual entre nosotros.
Mi marido no soportaba verme así, distante de mi propio cuerpo. Pidió ayuda al ginecólogo. Lo que recetó esa noche cambió todo entre los tres.
Cuando subí a la biblioteca a buscar unos legajos, no esperaba sentir las manos de mi hermanastro sujetándome la cintura como si tuviera derecho a hacerlo.