Confesión: lo que viví con el almacenero del barrio
Lo conocí trayéndome los pedidos durante la pandemia. Nunca imaginé que él tendría la llave de la única fantasía que jamás me había animado a contarle a nadie.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Lo conocí trayéndome los pedidos durante la pandemia. Nunca imaginé que él tendría la llave de la única fantasía que jamás me había animado a contarle a nadie.
Cada noche que Marcos pasaba mirando sin poder tocar era un escalón más en el descenso. Valeria no lo seducía: lo poseía. Y él no encontraba la salida, ni la buscaba.
Valentina reconoció a los tres hombres del comedor: los había saludado en fiestas de empresa. Esta noche, Rodrigo los había traído por otro motivo.
La noche que vi salir a esa chica del cuarto de la hermana Graciela, debí haber seguido caminando. En cambio, me quedé. Y eso lo cambió todo.
Hay tardes en que el mejor placer es no hacer nada. Me tumbé en el sofá, abrí los brazos y le dije que fuera ella quien mandara.
Llevaba meses con esta doble vida, y esa semana era solo mía. Hasta que la puerta del club se abrió y vi entrar al último hombre que debía verme.
Caminé sola por calles oscuras, con la rabia de quien acaba de ver a su novio con otra. No buscaba nada. Y aun así, algo encontré.
Llevaba más de treinta años con mi cuerpo y nunca me había mirado así. Fue su comentario el que lo desató todo. Puse el espejo en la cama y abrí los ojos.
Con los ojos cerrados construyó cada detalle: las manos de alguien, sus labios, el peso de otro cuerpo sobre el suyo. Todavía no lo había vivido, pero ya lo necesitaba.
Tiene muchos nombres para mí. Ninguno importa mientras la miro obedecer desde el otro lado de la pantalla, esperando el día en que la tenga de rodillas frente a mí.
Tres días sola en la playa, un hostel con literas y la excitación acumulada de todo el día. Me metí en la cama creyendo que estaba sola. No lo estaba.
Sofía lo llamó «el juego» y lo explicó con esa calma suya que lo hacía todo parecer normal. Nadie dijo que no. Nadie quería ser el primero en decirlo.
Estaba sola en el salón cuando ella entró, arrastró su silla hasta quedar frente a mí y cruzó las piernas. —No pares —dijo. Y yo no paré.
Santiago entró al aula ese lunes con esa camisa ajustada y una voz grave que me puso la piel de gallina desde la primera palabra que pronunció.
Pedaleé hacia el río con la sangre ya caliente, sabiendo lo que iba a hacer cuando nadie pudiera verme. Esa tarde, por fin, la fantasía sería real.
Llevaba semanas mirándolo cruzar el pasillo. Esa tarde me llamó a su despacho, y algo dentro de mí supo que algo iba a cambiar.
Caminé hacia casa con la certeza de que otro hombre estaba con mi mujer en ese momento. Y lo único que sentía era ganas de que volviera.
No sabía cómo reaccionaría Marcos cuando se lo dijera. Pero con Andrés a pocos metros en esa fiesta, no pude seguir callándolo ni un segundo más.
Estaba leyendo sobre súcubos cuando una voz respondió a su pregunta desde el otro lado de la habitación. No era un sueño: la criatura ya estaba ahí.
Solo en casa por primera vez en meses, encendí la pantalla con la vaga intención de matar el tiempo. Nadie imaginaba lo que estaba a punto de descubrir sobre mí mismo.