La apuesta que Vera ganó sin ponerse nada
La apuesta fue simple: el disfraz más atrevido gana. Lo que Sonia no esperaba era que Vera saliera de su cuarto con nada más que un arco y una sonrisa.
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La apuesta fue simple: el disfraz más atrevido gana. Lo que Sonia no esperaba era que Vera saliera de su cuarto con nada más que un arco y una sonrisa.
Tenía la habitación para mí sola y las cortinas echadas. Nadie sabía hasta dónde iba a llegar esa noche. Yo tampoco.
Nunca arreglé la puerta del baño. Y ella nunca me pidió que lo hiciera. Ambos sabíamos lo que eso significaba, aunque ninguno lo dijera en voz alta.
Llevaba meses fantaseando con verla con otro hombre. Cuando le propuse a Valeria el viaje, los tres sabíamos que algo iba a cambiar para siempre.
Hay noches en que el cuerpo no acepta un no. El apartamento vacío, el cajón entreabierto y yo con horas por delante para hacer lo que quisiera.
Era mi primer día instalándome en el chalet cuando escuché chapoteos en la piscina. Me asomé y los vi desnudos, besándose, ajenos por completo a mí.
Cuando Sandra salió de la tienda con esa sonrisa que conocía tan bien, supe que esa noche no había marcha atrás. Le había dado permiso. Ahora solo tenía que ver.
Era viernes, el departamento estaba vacío y el calor de mayo no me dejaba quieta. Me tiré en la cama y decidí dejar de resistirme.
La voz más poderosa del país me puso su tarjeta en la mano con una sola instrucción. Media hora después, yo estaba frente a su puerta.
Lo seguí en Instagram por curiosidad y terminé leyendo sus textos a medianoche con el corazón acelerado. Solo texto. Solo palabras. Solo él.
Estoy dentro de ella y mi mente ya está en otro lugar. No soy yo quien la está follando en mi cabeza. Siempre es el mismo desconocido.
Ajustó los binoculares hacia la ventana iluminada del cuarto piso y encontró algo que no estaba destinado para él.
La 312 tenía techo de espejo, sábanas de satén y una consola llena de contenido que nunca esperaba encontrar. Marcos cerró la puerta. Tenía toda la noche para él solo.
Ella estaba sola al borde del agua cuando llegó él. Ricardo los observó desde arriba sin poder apartar la mirada. Lo que pasó no era para nadie más.
Tenía el departamento para mí sola, las velas encendidas y un juguete esperando en el cajón. La primera vez había fallado: esta no se iba a repetir.
Lo conocí solo por mensajes. Cuando entré al hotel y todo el personal me miró, pensé que daba igual lo que pensaran: yo iba por todo y nada me iba a parar.
Cuando vio lo que asomaba por aquel agujero en la pared, supe que ya no había vuelta atrás. Mi regalo de aniversario nos llevaría más lejos de lo que jamás imaginamos.
Llevaba años imaginando ese momento. Cuando por fin llegó, sentado en ese sillón mientras Camila y Diego se miraban a los ojos, no podía ni respirar.
Tres días en París, cuatro hombres muertos en sus camas y un mensaje anónimo me citaba sobre el Sena. No imaginé que cruzar ese puente significaba dejar de ser quien era.
Esa madrugada, con la luz tenue de la lamparita, decidí contarle a Lucía la fantasía que llevaba meses guardando solo para mí.