Iván me esperaba con la lencería de su esposa
Cuando sacó del cajón el conjunto de encaje negro de su mujer, todavía con la etiqueta colgando, supe que esa noche no iba a salir de su casa siendo el mismo.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Cuando sacó del cajón el conjunto de encaje negro de su mujer, todavía con la etiqueta colgando, supe que esa noche no iba a salir de su casa siendo el mismo.
Apreté las sábanas debajo de mí, fingiendo dormir, sabiendo que su mirada recorría mi cuerpo desde el otro lado de la puerta. Esta noche no iba a esconderme.
Nadie esperaba que yo volviera tan pronto. Lo que vi en ese garaje —mi madre, sin camiseta, con los puños vendados— no podía desaprenderse.
Cuando se apoyó en el marco de la puerta y me señaló la erección que asomaba del calzoncillo, supe que el encargo había salido mejor de lo que imaginaba.
Aparqué en la planta más vacía del subsuelo y le pregunté si seguía segura. Asintió. Le tendí el sobre con los billetes y le pedí que solo mirara, nada más.
Esa noche, en una esquina oscura de la ciudad, mi mujer se bajó del auto sin ropa interior y empezó a hacerse pasar por lo que nunca había sido. Yo escuchaba todo desde el teléfono.
Cuando entré al cuarto vi un sillón nuevo frente a la cama. Mi marido lo había colocado esa misma tarde sin decir nada. Ahí fue cuando entendí que ya no era una fantasía: estaba pasando.
Llevábamos diez años casados y creía conocerla bien. Una noche en un motel, me confesó lo que siempre había querido, y yo decidí dárselo.
Llegué a casa con el cuerpo encendido y los pensamientos en un lugar que no debía. Me tiré en la cama y dejé que la imaginación se hiciera cargo.
Cinco años juntos y yo nunca imaginé lo que guardaba en su celular. Cuando lo vi, no me enojé. Lo dejé en la mesita y empecé a planear.
Me puse la ropa interior más provocadora que tenía y caminé sola hasta la orilla del río. Esa noche descubrí que el cuerpo siempre sabe lo que quiere.
Pedaleaba despacio, sin ropa interior, solo porque me gustaba sentir el aire. No esperaba que el asiento se convirtiera en algo más.
Abrí el cajón de la mesa de noche. El libro estaba ahí, donde siempre. Y en diez minutos ya no podía quedarme quieta.
Guardé el vibrador en la mochila y salí de casa sin decírselo a nadie. El camino de los pinos estaba oscuro y frío, y esa noche quería exactamente eso.
Llevaba semanas con el masajeador guardado en el cajón sin animarme. Esa noche el chat con un desconocido me hizo decidirme por fin.
La puerta se abrió y Nadia me miró de arriba abajo con una sonrisa lenta. Detrás, Raquel cruzó los brazos. —Habla —dijo—. ¿Qué quieres?
Sabía lo que quería hacer esa noche. Solo necesitaba oscuridad, silencio y el coraje de no ponerme límites a mí misma ni por un instante.
Llevábamos semanas hablando por mensajes. Cuando al fin la vi llegar con esas mallas ajustadas, supe que esa noche iba a ser diferente.
Sofía llevaba semanas con esa mirada traviesa. Cuando me propuso que un extraño la viera tocarse por cámara mientras yo observaba en silencio, dije que sí sin dudarlo.
Él apareció en mi puerta: dos metros de piel oscura y ojos que me desnudaron antes de que abriera la boca. Todavía no sé cómo llamar a lo que pasó esa noche.