La noche que fui quien siempre quise ser
Los tacones me mataban y la peluca me picaba, pero cuando ese hombre me miró desde el otro lado de la sala, entendí que la noche apenas empezaba.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Los tacones me mataban y la peluca me picaba, pero cuando ese hombre me miró desde el otro lado de la sala, entendí que la noche apenas empezaba.
Habíamos prometido ir despacio. Una copa en casa, nada más. Pero cuando sus ojos buscaron los míos pidiendo permiso, supe que esa noche no íbamos a respetar ningún plan.
Cuando saqué el juguete del cajón aquella noche, ya no era la chica torpe de la primera vez. Sabía qué quería. Y por una vez, iba a tomármelo con calma.
Bajo la luna, con la arena fría pegada a los muslos, supe que esa noche le iba a contar lo que jamás había dicho. Lo que él me respondió me dejó sin aliento.
La amaba como nunca había amado a nadie, pero no podía dejar de imaginar a otro hombre dentro de ella, gimiendo más fuerte de lo que jamás gimió por mí.
Cuando me cerró los dedos sobre la tarjeta, me susurró que tenía veinte minutos para decidir si subía a su departamento o seguía siendo periodista.
Cuando abrí los ojos en aquella suite de mármol negro, ella estaba ahí, desnuda, mirándome como si me conociera desde siempre. Y tal vez la muerte fue mi mejor accidente.
Llevábamos años de matrimonio cuando me confesó que su mayor fantasía no era con otro hombre. Era conmigo y otra mujer. Y tenía a la candidata perfecta esperando.
Cuando empezamos a oír el cabecero golpeando contra la pared, no imaginábamos que esa misma noche nuestros gritos también cruzarían al otro lado del techo.
Le tendí el portátil a mi marido con la carpeta abierta. Veintitantos correos de hombres que jamás imaginaron que su directora les enviaría algo así.
Pensé que íbamos al motel a estar juntos. Cuando me dijo que arriba había seis hombres esperándome, el corazón me golpeó la garganta.
Cuando saqué el frasco de cristal del cajón de mi madre, ya sabía que esa tarde iba a cruzar una línea de la que no pensaba volver.
Tenía treinta y dos años y todavía no me había permitido pensar en otra mujer sin sentir vergüenza. Esa noche apagué la luz, respiré hondo y dejé de huir.
Saqué del cajón un consolador que aún olía a ella y la encontré con la mirada baja, mordiéndose el labio como si la hubiera atrapado en algo más íntimo que un secreto.
Estoy sola en mi cuarto con la luz encendida, escribiéndote esto con una mano mientras la otra recorre todo lo que tú no estás aquí para tocar.
Cuando me asomé a la ventana de mi nueva habitación y los vi desnudos en la piscina, supe que ese curso me enseñaría mucho más que bioquímica.
Llevo dos semanas sin verlo y mi cuerpo no entiende de calendarios. Esta noche, sola en la cama, abrí el cajón y me dejé caer en la fantasía que solo me visita en la oscuridad.
Empezó como una noche cualquiera frente a la pantalla, pero cuando pulsé enviar a aquel mensaje, supe que ya no había marcha atrás.
Son las cuatro de la tarde, llevo todo el día empapada y no he podido pensar en otra cosa. Abro el portátil desnuda en la cama y empiezo a teclear, porque alguien tiene que saberlo.
Cuando se me llenó la casa de humo y volví a llamarlo, supe que esa tarde no iba a terminar solo arreglando la chimenea. Su mirada ya me había desnudado dos veces.