Mis pies después de un día entero en Praga
Elegí las zapatillas más cerradas, las medias más gruesas y planeé exactamente cómo sería su cara cuando las quitara en el hotel, después de horas de ciudad.
Elegí las zapatillas más cerradas, las medias más gruesas y planeé exactamente cómo sería su cara cuando las quitara en el hotel, después de horas de ciudad.
Esa noche, después del masaje, mi madre se mordió el labio, me miró fijo y me pidió que me acurrucara con ella. No hizo falta decir nada más.
Cuando rocé su muñeca con el dedo índice, ella se mordió el labio y dejó escapar un gemido brevísimo antes de fingir que solo me agradecía el chupito.
Llevábamos días encerrados cuando las conversaciones se volvieron peligrosas. Su confesión en la oscuridad terminó con mis manos sobre él.
La reina ordenó hidratarlo, pero Sofía vació el cáliz sobre su propio pie. Él lamió cada gota del empeine, temblando de sed y de humillación.
Llevábamos años cruzándonos miradas en silencio detrás de la barra. Esa tarde entré al bar vacío, me senté frente a ella y por fin solté lo que tenía atragantado.
Bajó la copa, se me quedó mirando unos segundos largos y, sin decir una palabra, caminó hacia mi recámara. Yo ya sabía lo que ese silencio significaba.
Llevaba meses insistiendo con aquella fantasía. Cuando me dijo que ya lo había arreglado todo con el club, supe que no podría echarme atrás.
Estaba en la cocina con ropa que nunca le había visto, y cuando rozó mi hombro al pasar, algo en mí que no tenía derecho a existir se despertó.
Cada vez que entraba en su bar, sus ojos buscaban los míos por encima de las gafas. Aquella tarde decidí que ya no podía seguir fingiendo que no me daba cuenta.
Llevaba tres días con ese calor que crece y no para. Me puse las sandalias de aguja, el vestido de red y esperé. Cuando sonó el timbre, ya temblaba.