El enfermero de Kitgum no cuidaba como los demás
Cuando abrí los ojos en la camilla del hospital ugandés no imaginé que el enfermero de guardia iba a bajarme la fiebre con la mano bajo la sábana esa misma noche.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Cuando abrí los ojos en la camilla del hospital ugandés no imaginé que el enfermero de guardia iba a bajarme la fiebre con la mano bajo la sábana esa misma noche.
Pensé que había alquilado una habitación normal, hasta que descubrí qué clase de pareja dormía al otro lado del pasillo.
Fuimos de la mano hasta la casa del otro tío. Le di un beso en el portal, le dije que me esperara cerca y subí a hacer lo que llevábamos semanas fantaseando juntos.
Fui al baño para calentarme un poco, pero el hombre que me siguió con la mirada ya tenía otros planes para mí.
Cuando entré al bar y lo vi en la mesa del fondo sin Camila entre nosotros, supe que esa cerveza era una excusa y que iba a terminar con su boca en la mía.
Sin foto de perfil, discreto, sin dramas. Cuando el desconocido de la app le mandó una foto por privado, Bastián reconoció al novio de su mejor amigo.
Cuando Sara subió a acostarse, Rubén se giró en el sofá y le dijo lo que ninguno de los dos se había atrevido a decir en dos años. Adrián no quiso frenarlo.
Los vi follando en el sofá de mi casa y no pude apartar la mirada; cuando él me descubrió, decidió que ninguno se iba a quedar mirando.
Ni bien lo dejó en su portal supo que no iba a llegar a casa sin tocarse. Aparcó en el primer hueco oscuro que encontró y bajó la mano al bulto del pantalón.
Cerraba los ojos cada noche y volvía a la misma imagen. Sabía que estaba mal, pero la curiosidad pudo más que cualquier culpa.
Volví a casa pensando que estaba vacía. Los gemidos venían del cuarto de mis padres, y al asomarme entendí que nada volvería a ser igual entre Darío y yo.
Cuando subí al asiento del copiloto y él me dijo «mira cómo me tienes», supe que esa noche no iba a salir del taxi siendo el mismo de antes.
Lo vi acercarse a aquel hombre en la barra y entendí que era gay. Lo que no imaginé fue que, semanas después, sería yo quien lo arrastrara a mi cama.
Llegó sin avisar, con esa sonrisa de quien siempre consigue lo que quiere, y en una sola semana puso patas arriba la vida de mi madre, la mía y la del barrio entero.
No recordaba su nombre ni su cara, pero en cuanto dijo «tengo casa con piscina» supe perfectamente cómo iba a terminar esa noche.
La amistad con aquel viejo bruto y bonachón se torció una tarde de vino, en un pueblo perdido, cuando me dijo al oído lo que pensaba hacer conmigo.
Bajé pensando que pararía en cualquier momento. Que diría basta, que esto no iba conmigo. A los quince minutos gritaba justo lo contrario.
Crecí entendiendo el naturismo como algo natural, pero nada me preparó para el día en que el novio de mi madre dejó de taparse delante de mí.
Cada tarde cruzaba el jardín para ayudarlo con las viñas, pero los dos sabíamos que yo iba por otra cosa: por la forma en que aquel hombre enorme me miraba.
Solo había un chico al fondo, lavándose las manos. Me miró por el espejo y, sin decir una palabra, los dos supimos que la espera había terminado.