El chapero gay que recibió a cuatro deportistas
Lucas llevaba cinco años en el oficio y creía haberlo visto todo, hasta que el encargado abrió el gabinete y se topó con cuatro gigantes desnudos esperando.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Lucas llevaba cinco años en el oficio y creía haberlo visto todo, hasta que el encargado abrió el gabinete y se topó con cuatro gigantes desnudos esperando.
El timbre sonó pasada la medianoche y abrí esperando una pizza. Era un extraño con una botella en la mano y la verdad sobre mi mujer en los labios.
Cuando Iker me susurró al oído que fuera al baño, supe que no era una sugerencia. Era una orden, y mi cuerpo respondía antes de pensarlo.
Pedí lubricante y condones de fresa, llamé un Uber y me dejé llevar hasta su cochera, sin saber que aquella tarde volvería a sentirme como una mujer entre las manos de un hombre.
Dije a los chicos del bar que me gustaban los hombres y, sin querer, abrí una puerta que ya no podría cerrar. Esa misma noche, alguien me siguió al baño.
Cuando vi sus calcetines tirados en el suelo del baño del hotel, supe que estaba a punto de cruzar una línea que jamás podría desandar con mi mejor amigo.
Iba con la boca entre sus piernas a ciento veinte por hora cuando sonó la bocina del camión por segunda vez. Supe que el viaje no terminaba en la próxima curva.
Cuando sonó el timbre por segunda vez aquella tarde, supe que el chico del sofá no era el repartidor del anuncio. Y entonces se miraron.
Mordí la almohada cuando pronunció aquel nombre. Y entonces todo lo que había escondido durante años empezó a deshacerse entre las sábanas, golpe a golpe.
Llevábamos meses hablando en los turnos vacíos del call center. Esa tarde abrió el porno en su pantalla y me preguntó, mirándome, si así me gustaban.
Entre piedras derruidas y el frío de febrero, Nico me miró distinto. Como si esa noche no fuéramos a volver a ser los mismos amigos de siempre.
Llevaba meses encerrado y sin sexo cuando bajé la app y puse «busco cuarto». El mensaje del desconocido parecía oferta de hospedaje. Su mano en mi nalga me sacó del engaño.
Cuando lo vi en la mirilla de la puerta, con la chaqueta mojada por la lluvia y esa media sonrisa, supe que todo lo que habíamos imaginado por pantalla iba a quedarse corto.
Necesitaba más de lo que él podía darme, y cuando salí del depósito con el sabor todavía en la boca, el mensaje del taxista cambió la noche entera.
Lo juzgué nada más verlo en la marquesina con su polo rosa y su jersey al hombro. Veinte horas después, ese mismo niño rico me abría la puerta de su casa.
Cuando el dolor cesó y me miré al espejo, no quedaba nada de quien fui. Solo un hombre desnudo, listo para entregárselo todo al único que siempre había amado.
Sudaba conmigo entre los sacos de harina mientras repetía las palabras más sucias en su acento árabe. A las cuatro de la mañana, ninguno de los dos podía seguir fingiendo.
La cerradura me pesaba entre las piernas, el vestuario estaba vacío y él había llegado media hora antes. Lo que pasó después no estaba en el plan.
Llevaba dos semanas en la ciudad sin hablarle a nadie fuera del trabajo. Hasta que Andrés se acercó esa tarde y me preguntó si quería salir esa noche con el resto.
Bajó en toalla recién duchado, con una sonrisa que no le conocía. Yo aún no sabía que esa noche iba a ser mi primera vez con un hombre.