El daddy del Mercedes que me buscó en el pinar
Hacía meses que no me comía una buena tranca, así que cuando aquel daddy del Mercedes blanco me escribió, no me lo pensé dos veces.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Hacía meses que no me comía una buena tranca, así que cuando aquel daddy del Mercedes blanco me escribió, no me lo pensé dos veces.
Vagábamos disfrazados de monjes cuando el bosque nos escupió frente a una posada de carnes generosas y vino sin fondo; lo que pasó dentro no cabe en penitencia.
Subió las escaleras sabiendo que, al cruzar esa puerta, la mujer ingenua que había sido hasta entonces dejaría de existir para siempre.
No habíamos intercambiado los teléfonos, pero yo sabía cómo encontrarlo. Volví a entrar al chat con una sola idea: que me llamara su gatita otra vez.
Nadie contestó al telefonillo, pero la puerta se abrió igual. Ahí entendí que ya no había marcha atrás y que aquel hombre iba a hacer conmigo lo que quisiera.
Llevaba todo el verano deseándolo y nunca me atreví. Aquella tarde, con la piscina en silencio y nadie cerca, Adrián saltó al agua sin nada y me miró desde el centro.
Lo deseábamos los dos desde la primera clase, pero nunca imaginamos que sería él quien nos pediría que eligiéramos entre olvidarlo o mudarnos a su casa.
Su mano fría se cerró sobre mi brazo como una presa. Yo era noventa kilos de músculo y, aun así, frente a él me sentí pequeño, examinado, comprado.
Tenía el bolígrafo en la mano y la deuda de toda una vida sobre la mesa. Lo único que me pedía a cambio era dejar el orgullo en la puerta.
Acababa de cumplir veintidós y nunca había estado con nadie. Iván tenía tres años menos, pero bastó una apuesta tonta para que entendiera quién mandaba.
La voz metálica anunció la siguiente fase y, en lugar de pánico, sentí algo que no debía sentir: unas ganas absurdas de que todo volviera a empezar.
La terraza del motel conectaba con la suya, y desde la penumbra una voz grave me llamó «bonito». Debí entrar a mi cuarto y cerrar. No lo hice.
Solo quería ver caer el sol y fotografiar el mar. Entonces escuché otra bicicleta acercarse por la arena, y supe que aquella tarde no terminaría como las demás.
La orden fue simple: arrodíllate. Mi cuerpo obedeció antes de que mi cabeza pudiera negarse, y supe que esa noche iba a cruzar una línea de la que no había vuelta atrás.
La regla era simple: al cerrarse las puertas del ascensor, yo dejaba de ser una persona y me convertía en parte de su mobiliario.
Volví de la cocina desnudo, con el trapo en la mano, y supe que aquella noche no iba a quedar nada de mi orgullo sobre el mármol negro de su salón.
Aquella siesta, con el ventilador rugiendo y la casa vacía, mi primo me miró distinto y me dijo que tenía algo que demostrarme. No imaginé hasta dónde llegaría.
Marqué las tres y media cuando entré a aquel baño desierto. No eché el pestillo. Fue el error —o el acierto— que cambió para siempre lo que creía saber sobre mí.
El brazo que descansaba sobre su abdomen no era el de su novia. Era pesado, cálido, masculino. Y Bruno no recordaba absolutamente nada de la noche anterior.
Se sentó justo a mi lado pese a que la sala estaba casi vacía. Su rodilla rozó la mía y no se apartó. Entonces su boca buscó mi oreja y supe que esa tarde le pertenecía.