Atropellé a su perro y me convertí en el suyo
Treinta segundos de distracción detrás del volante me costaron mucho más que una multa. Esa noche aprendí lo que significa pertenecer a alguien.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Treinta segundos de distracción detrás del volante me costaron mucho más que una multa. Esa noche aprendí lo que significa pertenecer a alguien.
Llevaba semanas sin plan y una tarde aburrida me lo cambió todo. Su foto era honesta: era exactamente lo que apareció en mi puerta dos horas después.
Tres activos, un cubículo y yo boca arriba con las piernas en alto. La mejor noche de mi vida en la sauna.
Ella no sabe que cuando salgo «a ver a un amigo», vuelvo oliendo a otro. Llevo tres meses así y no sé cuánto tiempo más puedo aguantar.
Llevaba doce años esperando que Valeria me mirara así. Esa noche por fin lo hizo, pero no de la forma que había imaginado.
El padre de Samira le puso la mano en el muslo y Kamal supo que esa noche no iba a terminar como había imaginado.
Lo llamaban la Bestia. Cuando aparcó su camión frente a la venta aquella tarde, nadie sospechaba lo que iba a ocurrir esa semana.
El vapor lo envolvía todo. El narguile pasaba de mano en mano. Y el hombre que mañana sería su suegro lo miraba de un modo que Kamal no supo interpretar a tiempo.
Éramos los mejores amigos desde el colegio. Nadie habría sospechado lo que hacíamos a solas cuando sus padres se iban de casa.
Abrí la puerta esperando a uno. Eran dos. Y traían una mochila con todo lo necesario para convertirme en su juguete durante horas.
Nunca imaginé que una noche de dominó con dos amigos acabaría así. Cuando los dos me miraron al mismo tiempo, supe que el ambiente tenía otra temperatura.
Me tomó de la mandíbula con una mano y me miró directo a los ojos. Era mi primo. Éramos familia. Y ninguno de los dos dio un paso atrás.
Sabía que entre don Rodrigo y yo nunca podría pasar nada. Pero encontré la manera de hacerlo real, aunque fuera una sola vez, aunque nadie más lo supiera.
Pensaba que me conocía bien. Valentina tardó apenas tres semanas en demostrarme que estaba completamente equivocado —y yo le estaba infinitamente agradecido.
Pon el pie al lado del mío, dijo. Después el brazo. Después la mano. Y entonces entendí que no estábamos comparando nada.
Cuando todo el pueblo lo supo, ya no había vuelta atrás. Me había enamorado de él sabiendo que tendría que dejarlo ir. Y aquella noche fue la última que tuvimos juntos.
Marcos me dijo que tenía dos opciones: la demanda o su puerta a medianoche. Fui un idiota y elegí la segunda. O quizás no era tan idiota.
Cuando salí del baño, Sebastián tenía las prendas rosadas en la mano y esa mirada firme que sabía que no iba a poder rechazar.
Mis amigos no entienden por qué regreso cada año a ese pueblo de nada. Si vieran lo que hay en mi galería, no necesitarían preguntarlo.
Marcos tenía el cuerpo que yo tenía a su edad. Esa noche, con todos durmiendo, noté que algo más que el calor nos separaba en esa cama estrecha.