Confieso lo que hice con una pareja swinger
Eran jóvenes, abiertos y querían algo distinto. Lo que no sabían es que esa noche en el hotel yo también descubriría una parte de mí que llevaba años escondiendo.
Eran jóvenes, abiertos y querían algo distinto. Lo que no sabían es que esa noche en el hotel yo también descubriría una parte de mí que llevaba años escondiendo.
Cuando noté que algo había cambiado, ya era tarde. Lo tenía hasta el fondo y él no se detuvo. Solo entonces entendí lo que había hecho sin pedirme permiso.
Cuando su bikini se corrió en la orilla y los hombres de la playa empezaron a mirar, ella no lo ajustó. Se limitó a caminar más despacio.
Valentina reconoció a los tres hombres del comedor: los había saludado en fiestas de empresa. Esta noche, Rodrigo los había traído por otro motivo.
Fui a devolverle los quinientos pesos que metió en mi carpeta. No esperaba encontrarla llorando, ni quedarme hasta las seis de la mañana.
A mis cuarenta y un años, con marido e hijos, descubrí la adrenalina que un matrimonio nunca te da. Lo comprobé desnuda bajo la ducha, con mi amante, cuando escuché abrirse la puerta.
Valeria acababa de conseguir su primer contrato en la industria. Su madre tenía preparada una sorpresa en el motel de siempre, la misma habitación donde todo empezó.
Cuando me dijo que la atraía, no me lo creí. Luego llegó el mensaje con el nombre del hotel y la hora exacta. Supe que todo era real.
Hacía días que Luciana había tenido su debut bisexual y ya pedía más. Lo que planeamos esa noche en Buenos Aires cambió todo para ella.
La app en el móvil oculto decía tres hombres, un hotel, sin romanticismo. Solo tenía que escribir «sí». Lo hice antes de pensarlo dos veces.
Cuando Roberto señaló que yo era el marido, el señor Kanamoto sonrió por primera vez. Entendí entonces que mi papel esa tarde no iba a ser el de esposo.
No supe si lo que sentí fue celos o excitación. Probablemente las dos cosas a la vez, y eso me asustó más que cualquier otra cosa.
No planeé serle infiel a Esteban. Pero Diego tenía algo que me desarmaba con cada conversación, y el día que puso su mano en mi rodilla mientras manejaba, ya era tarde.
Marcos me la presentó con una sonrisa cómplice. La miré de arriba abajo y supe enseguida que detrás de esa fachada recatada había algo que necesitaba liberarse.
Valeria cumplía 26 años cuando nos fuimos de vacaciones juntos. Yo llevaba días sin poder dejar de mirarla, y ninguno de los dos sabía lo que iba a pasar.
La promoción dos por uno del spa me cambió los planes, y algo más: cuando la desconocida se metió en el jacuzzi y me miró de esa manera, supe que la noche sería larga.
Cuarenta y siete años siendo un hombre de mujeres. Hasta aquella noche en Mendoza, cuando Andrés cerró la puerta de mi suite y encendió un cigarrillo.
Traje vino a su habitación a las once de la noche con la excusa de que no tenía sueño. Los dos sabíamos que era una mentira, pero ninguno la dijo en voz alta.
La primera vez que lo vi en aquella cena supe que ese hombre no era como los demás. Meses después, yo era quien le pedía más.
No supe en qué clase de barrio me había metido hasta que Valeria se detuvo frente al hostal. Entonces entendí todo, y de todas formas entré.