Mi hermano y mi compadre se turnaron a mi esposa
Le di permiso para salir con los dos la misma tarde. Cuando volvió al estacionamiento, todavía traía las marcas de uno y a las siete y media tenía cita con el otro.
Le di permiso para salir con los dos la misma tarde. Cuando volvió al estacionamiento, todavía traía las marcas de uno y a las siete y media tenía cita con el otro.
Maximiliano roncaba vestido sobre la cama nupcial. Yo seguía con la lencería del regalo y, sin pensarlo dos veces, escribí el mensaje que llevaba años intentando no enviar.
Hacía meses que no me acostaba con nadie cuando entré al cuarto de aquel hotel y él cerró la puerta con una sonrisa que yo conocía demasiado bien.
Lunes por la mañana. La maleta de Adrián desapareció por la puerta y, antes de que el café terminara de hacerse, ya sabíamos que esa semana iba a ser distinta.
Subí al hotel con un conjunto de encaje rojo bajo el vestido que él aún no había visto. Llevábamos siete meses esperando ese momento.
Crucé el umbral del palacio con la máscara dorada y el corazón galopando. Aquella noche, varias manos enmascaradas me esperaban mientras él miraba desde las sombras.
Cuando llamé a casa para avisar que no llegaríamos, supe que mentía dos veces: no íbamos a ninguna casa de su amiga, y no íbamos a dormir en camas separadas.
Era hija de una prima de mi padre y al principio fue solo un saludo por las redes. Hasta la noche del cumpleaños de la abuela, cuando me llevó a un hotel discreto.
Cuando Diego me quitó la blazer frente a Malik, sus ojos oscuros fueron directos a mi escote. Supe al instante que esa noche no iba a decepcionar.
Llevaba cuatro días con mala suerte hasta que entró en un bar junto al mar y la vio sentada sola, con esas curvas que decían más de lo que ella sabía.
Fui sola a esa fiesta pensando en bailar un rato y olvidar. No esperaba que Diego ni lo que vino después cambiaran mi noche por completo.
Apenas cerró la puerta del taxi, sus manos ya estaban debajo de mi blusa. Lo que vino después lo vio el chofer desde el espejo, sin perder detalle.
Llegamos con condones, lubricante y ganas de todo. La orgía prometida nunca ocurrió, pero lo que Marcos me hizo delante de los desconocidos fue mejor.
La toalla resbaló mientras me ponía crema. Sentí que alguien podría estar mirando desde las sombras del edificio de enfrente. No busqué las cortinas.
Entré a esa habitación con la rabia de quien ya sabe la verdad. Lo que encontré me dejó clavada en el sitio durante cuarenta minutos que no pienso olvidar.
Necesitaba pañales para mi hija y no tenía ni un peso. Cuando el americano me ofreció dinero, me dije que sería una sola vez. No sabía lo que vendría.
Llevaba meses fantaseando con verla con otro hombre. Cuando le propuse a Valeria el viaje, los tres sabíamos que algo iba a cambiar para siempre.
A once mil metros de altura, controlaba sus cuerpos desde mi asiento. Lo que les esperaba en Río era apenas el preludio del sometimiento real.
Cuando lo vi mirarla así, en lugar de celos sentí algo que no esperaba. Ese primer día en el resort ya no éramos la misma pareja que había llegado por la mañana.
Lo que empezó como mensajes inocentes en redes terminó con él alzándome en brazos hacia una habitación de motel a las dos de la mañana.