Grabé al serbio que mi novia eligió por encima de mí
Cuando vi la talla real del hombre que iba a tomar a mi novia esa noche, dejé el móvil en el trípode y aprendí lo que era ser el novio que mira, graba y obedece.
Cuando vi la talla real del hombre que iba a tomar a mi novia esa noche, dejé el móvil en el trípode y aprendí lo que era ser el novio que mira, graba y obedece.
La cámara queda grabando sobre la cómoda. Yo salgo con los niños a comprar caramelos y mi compadre se queda solo en mi cama con mi esposa.
Bajé al pasillo del baño cuando ya nadie miraba. Escuché su voz primero, después la suya. No abrí la puerta. Me quedé quieto, oyendo cómo se rompía mi vida.
Llevaba meses oyendo lo que él le hacía cada viernes. Esa tarde me llamó y me dijo que era hora de dejar de imaginarlo y verlo con mis ojos.
Apagué la música y pegué la oreja a la pared. Los gemidos de mi madre venían del otro lado, y entendí por qué se movía en silencio durante el día.
Llegué al taller solo a aprender un nudo. Salí con la promesa de presentarme al amo de Mateo, y una sola pregunta entre nosotros: campo o ciudad.
Lucas llevaba cinco años en el oficio y creía haberlo visto todo, hasta que el encargado abrió el gabinete y se topó con cuatro gigantes desnudos esperando.
Aquella noche descubrí que mi tía Catalina escondía algo bajo su apariencia de esposa modelo, y que yo iba a ser la primera en averiguarlo.
Mordí la almohada cuando pronunció aquel nombre. Y entonces todo lo que había escondido durante años empezó a deshacerse entre las sábanas, golpe a golpe.
Los dos matones me arrastraron a recorrer las máquinas mientras ella se quedaba sola con el dueño. Cuando volví, el escritorio estaba vacío.
Entre piedras derruidas y el frío de febrero, Nico me miró distinto. Como si esa noche no fuéramos a volver a ser los mismos amigos de siempre.
Cerré los ojos en el vestuario vacío y dejé que la fantasía me llevara más lejos de lo que había imaginado. Cuando los abrí, ya no había vuelta atrás.
Cuando sonó el timbre a las nueve y media, supe que esa noche con mis compañeros no terminaba ahí. Entraron dos hombres y mi amante les hizo una propuesta que me dejó muda.
Sonó el timbre a las siete y media y supe que mi matrimonio acababa de cambiar para siempre. Ella bajó las escaleras sin sujetador, los miró y sonrió.
Le pregunté inocentemente si había sido su mejor amante. Su risa fue la primera señal de que no debía haber abierto la boca aquella madrugada.
El cliente nos observaba desde la butaca mientras Heider me apretaba el cuello y Damián esperaba turno. Yo había firmado para ser la víctima esa noche.
Tras años pidiéndole que me pusiera los cuernos, una noche en el motel me dijo que cerrara los ojos. Cuando los abrí, ya no era yo el que mandaba.
Tengo sesenta y tres años, soy abuelo de dos, y ahora vivo encerrado en una jaula de castidad esperando que un pibe de veinticuatro vuelva con la llave.
Cada video suyo era una mentira: hablaba de energía sexual sin haber tocado a un hombre. Bajé las escaleras dispuesto a desmontarle el numerito de una vez por todas.
El cólico me obligó a volver antes del parque. Me asomé a la ventana lateral pensando entrar por ahí sin hacer ruido. Lo que vi me dejó pegado al vidrio.