El mecánico joven y lo que pasó en su oficina
Me puse la pollera más corta que tenía y fui al taller a llevar un sobre. El dueño no estaba. Me hicieron subir a la oficina de su hijo.
Me puse la pollera más corta que tenía y fui al taller a llevar un sobre. El dueño no estaba. Me hicieron subir a la oficina de su hijo.
La vi besarse con otro tres meses después de dejarme. Esa madrugada entré en un local que no había pisado nunca, y empezó algo que no he contado a casi nadie.
Helena llegó dos horas antes del vuelo. Le había comprado un perfume para darle las gracias. Ella tenía otro plan para despedirse.
Cuando vio al brasileño cruzar la pista hacia nosotras, supe que mi compañera de piso ya no era la chica tímida que había llegado a Madrid hacía un mes.
Lo descubrí la primera tarde, cuando el barman libraba y aquel forastero de pendientes de oro decidió que mi parada era su nuevo coto de caza.
Pensé que era una mosca. Cuando entendí que eran sus dedos, ya era tarde para detenerla, y peor todavía: para detenerme a mí misma.
Hace meses les conté el primer trío de Camila. Esta vez, cuando volvió a sentarse en mi cama, supe que la historia iba a ser todavía más intensa.
Me pidió que la acompañara porque los bares estaban llenos. Bromeé con que me pondría cachondo viéndola, y ella sonrió como si llevara horas esperando que lo dijera.
Cuando crucé el umbral del despacho, supe que la corona costaba más que sonrisas y respuestas correctas. El rector me esperaba con un formulario y un plan.
Cuatro años de hormonas me habían dado el cuerpo que siempre quise. Esa noche, los ojos celosos de Mateo me hicieron entender que él también lo quería.
Cuando me ordenó vestirme de profesora y esperarlo a las diez en punto, supe que mi cuerpo respondería antes que mi conciencia.
La cremallera se abrió y dos cabezas se asomaron como si llevaran rato esperando turno. No nos sorprendimos. Tampoco nos cubrimos.
Llevábamos apenas dos cervezas cuando Valeria se quitó las sandalias y me dijo que había que ponerle remedio a que hacía años que no pisaba la arena. Esa noche aprendí muchas cosas.
Bajo la luz dorada de la hacienda, ella sonreía mientras contaba el dinero. No imaginaba que el siguiente collar de cuero negro estaba pensado para su propio cuello.
Cuando vi a Yésica subir las escaleras detrás de él esa primera noche, supe que ninguna de las que servíamos copas en aquella parada iba a salir igual del verano.
No era lesbiana y faltaban seis semanas para mi boda. Pero esa noche en el hotel, Elena me enseñó todo lo que nunca había querido admitir.
Andrés se despertó desnudo en la cama de su mayor rival. Sin recuerdos de la noche anterior, solo quería irse. Pero algo no dejaba de retenerlo.
Llevaba semanas sintiendo cómo se demoraba en abrazarme y cómo me miraba cuando creía que yo no me daba cuenta. Esa madrugada decidí dejar de fingir.
Le había comprado un perfume y un colgante para despedirla. Ella me trajo otra cosa. Yo tenía 18 años y no había tocado a nadie en la vida.
Entré a esa zona restringida a propósito. Había algo en esos hombres uniformados que me atraía desde que llegamos, y yo sabía exactamente lo que buscaba.