El castigo que no esperaba al volver a casa
Nueve meses de independencia fallida la devolvieron a casa de su padre, a las reglas de Carmen y a la mirada de Marcos, que desde el primer día le hacía sentir cosas que no debía.
Nueve meses de independencia fallida la devolvieron a casa de su padre, a las reglas de Carmen y a la mirada de Marcos, que desde el primer día le hacía sentir cosas que no debía.
Salí del apartamento con mi hijo mayor convencida de que era la decisión correcta. La cámara ya estaba puesta. Solo quedaba esperar y mirar.
Había ido solo a saludar, pero Matías no me quitaba los ojos de encima. Cuando su padre se fue, ese muchacho demostró que tenía más iniciativa de lo que parecía.
Tenía los brazos que uno nota aunque intente no hacerlo. Me dijo adiós en treinta segundos y volvió arriba. Yo no pude dejar de pensar en él.
Era el más callado del aula, usaba lentes y jamás hablaba de otra cosa que no fuera el estudio. Yo llevaba semanas pensando en lo que había visto por accidente.
Valen apoyó la mano en mi muslo en mitad de la autopista. Llevábamos cuarenta minutos y ya sabíamos las dos cómo iba a terminar el día.
Andrés pensó que estaba solo en las duchas del polideportivo. Cuando levantó los ojos y vio a la entrenadora mirándolo desde la puerta, ya era demasiado tarde para parar.
Lo tenía borracho en mis manos. Meses de fantasías con mi compañero de cuarto, y ahora solo nos separaba la tela húmeda de su ropa interior.
La apuesta fue simple: el disfraz más atrevido gana. Lo que Sonia no esperaba era que Vera saliera de su cuarto con nada más que un arco y una sonrisa.
Tenía la habitación para mí sola y las cortinas echadas. Nadie sabía hasta dónde iba a llegar esa noche. Yo tampoco.
Ella le estaba contando su ruptura cuando la pareja de abajo empezó a besarse. Miraron sin querer. Después ya no pudieron dejar de mirar.
Cuando lo vi subirse al autobús aquella mañana, aparté la vista enseguida. Pero esa semana aprendí que hay miradas que no se olvidan.
Camila llegó con un vestido de lino blanco y una sonrisa que yo conocía de memoria. Pero esa tarde había algo distinto en sus ojos, y los dos lo sabíamos.
Cuando acabé de contarle lo de Malik, Vero se mordió el labio y me dijo que le daba envidia. Para esa madrugada ya tenía un plan.
Puse el café en la mesa, empezamos a hablar, y lo último que recuerdo es que el sueño me venció. Cuando desperté, estaba atado de pies y manos.
El médico fue claro: siete días de tratamiento. Mi madre, enfermera de profesión, dijo que ella misma se encargaría. No imaginé lo que eso significaba.
Cuando lo vi mirarla así, en lugar de celos sentí algo que no esperaba. Ese primer día en el resort ya no éramos la misma pareja que había llegado por la mañana.
El uniforme de porrista, cinco jugadores y demasiada cerveza. Esa noche perdí algo que creía importante y descubrí que no lo era tanto.
Un camionero africano con fama de semental. Un cruce de carretera. Una semana que nadie en el pueblo olvidó.
La conocí en un foro de internet. Cuando me confesó que era virgen a su edad, supe que esa visita iba a ser algo que los dos recordaríamos siempre.