Lo que vi desde mi ventana el primer día de clases
Era mi primer día instalándome en el chalet cuando escuché chapoteos en la piscina. Me asomé y los vi desnudos, besándose, ajenos por completo a mí.
Era mi primer día instalándome en el chalet cuando escuché chapoteos en la piscina. Me asomé y los vi desnudos, besándose, ajenos por completo a mí.
Era viernes, el departamento estaba vacío y el calor de mayo no me dejaba quieta. Me tiré en la cama y decidí dejar de resistirme.
Estaba desnuda cuando escuché la música. Me giré y ahí estaba Sofía, de rodillas, con una cajita en las manos y los ojos llenos de lágrimas.
Seguía desnuda con el cuerpo de Sara encima cuando la cremallera se abrió. Dos chicos asomaron la cabeza. Y ninguno de los cuatro parecía tener prisa por dormir.
Me pidieron que entretuviera a su hermana y mirara para otro lado. Era un plan razonable hasta que Valeria decidió que no iba a dejarse ignorar.
Adrián tenía esa foto que me había quitado el sueño. Cuando cruzó la puerta, supe que la noche no iba a decepcionar a ninguno de los dos.
Mientras Marina me penetraba con el arnés, me preguntó si la aceptaba como esposa. Le dije que sí entre gemidos. Nunca pensé que una propuesta pudiera sentirse así.
Me dijo que nunca había llegado hasta el final con nadie. Había algo en su manera de decirlo que hacía que quisiera ser yo quien cambiara eso.
Abrió la puerta del carro con una calma que no esperaba. Sin fotos, sin nombres, sin saber qué vendría. Subió, cerró la puerta, y todo cambió.
Cuando llegaba, llegaba sonriendo. Cuando terminábamos, también. Rocío tenía esa sonrisa que no abandonaba nunca, sin importar lo que estuviera pasando.
Nunca había tenido novio, nunca había estado con un hombre. Cuando la llevé a mi piso esa tarde, sus manos temblaban pero no se soltaron de mí.
Cuando Elena abrió la puerta empapados y sin opciones, su mirada lo dijo todo antes de que ofreciera la noche en palabras. Madre e hija, precio fijo.
Cerré la puerta con llave y bajé la persiana. El chico me necesitaba. Y yo lo necesitaba a él. Solo faltaba ponernos de acuerdo.
Siempre fui invisible, la chica con lentes que nadie notaba. Esa tarde en el mercado, cuando las naranjas rodaron, todo cambió de golpe.
La 312 tenía techo de espejo, sábanas de satén y una consola llena de contenido que nunca esperaba encontrar. Marcos cerró la puerta. Tenía toda la noche para él solo.
Cuando le dije que era mi primera vez, se detuvo un instante y me miró. No con duda, sino con algo que se parecía demasiado a la satisfacción.
Por fin tenía su cuerpo frente a mí, a centímetros de distancia. Mi mejor amigo. Mi hombre. Y yo dispuesto a no dejar escapar ese momento por nada del mundo.
Llevábamos semanas mirándonos en el gym sin decir nada. Cuando al fin cruzamos palabras, los dos sabíamos a dónde iba a llevar aquello.
Llevaba meses sin un hombre cuando publiqué ese anuncio. Marcos fue el único que pareció de verdad interesado, y lo que pasó esa tarde no lo olvidé nunca.
Cuando le bajé el pantalón del pijama para ponerle la inyección, algo se despertó que llevaba semanas intentando ignorar. Esa vez no pude seguir fingiendo.