La sonrisa de Lucía no se borraba con nada
Esa noche me afeité, me lavé y la esperé sabiendo lo que quería. Lucía llegó con su mochila, su piruleta roja y esa sonrisa que nunca se le borraba, pasara lo que pasara entre nosotros.
Esa noche me afeité, me lavé y la esperé sabiendo lo que quería. Lucía llegó con su mochila, su piruleta roja y esa sonrisa que nunca se le borraba, pasara lo que pasara entre nosotros.
Llevábamos tres días casados cuando Adrián me susurró al oído en pleno café romano lo que iba a pasar. Debí decir que no. No lo dije.
Llevaba diez años leyendo el noticiero estelar cuando aquel sobre de papel marfil llegó a recepción. Dentro, una propuesta que solo un hombre como él podía hacer.
Llevábamos semanas deseándonos y esa noche de carnaval, sin condón ni cama, todo ocurrió donde menos lo esperábamos.
Una presentadora de televisión. Un sobre anónimo. Un heredero de veinte y tantos años esperando en la suite. Y un marido que quería oírlo todo.
Don Ernesto tenía veintisiete años más que yo, manos ásperas de trabajador y una mirada hambrienta que yo fingía no ver. Esa noche cerré las cortinas yo misma.
Sofía cruzó la sala con el condón en la mano. Marcos se quedó paralizado, sin saber si lo que sentía era celos, dolor o algo que le daba vergüenza reconocer.
Tenía 48 años, un matrimonio estable y una mentira perfecta. Cada semana cruzaba esa puerta y me convertía en otra mujer. Una que no sabía que existía.
Cuando me dijo que era virgen, no supe si reírme o abrazarlo. Elegí lo segundo. Lo que vino después fue inevitable.
Cuando Aiko entró al agua del onsen sin ropa y sin apuro, supe que ese viaje de trabajo iba a terminar de una forma que no figuraba en ningún contrato.
Rodrigo la miró sin disimulo junto a los baños termales. Sofía tenía los ojos cerrados y el cuello largo expuesto al sol. Claudia lo vio y no dijo nada.
Se escabulleron entre los árboles con el pretexto de fumar. Lo que empezó como un porro compartido terminó con Rodrigo desnudo y Tomás de rodillas.
Cuando abrí la puerta del baño y vi a Sandra con esa faldita y los labios pintados de rojo, entendí que el plan original ya no existía.
Llegó a ayudarme con el televisor nuevo, con sus brazos marcados y esa mirada que evitaba la mía. Tenía veinte años y yo ya sabía lo que iba a pasar.
Cuando entré al camión con él esa noche, supe que algo iba a pasar. Lo que no imaginé fue terminar de rodillas en la oscuridad mirándolo así.
Adrián tiró de su pelo, Daniela le tapó la boca, y el cuerpo de la guardaespaldas dejó de obedecerle. Ahí supo que la rendición tenía otro precio.
Aposté que el secreto que Mateo escondía cabría en un vaso de tubo. Si perdía, tendrían que vernos a Adrián y a mí sin manta. No conté con lo que vino después.
Cuando don Alberto me miró de esa forma por primera vez, supe que algo en mí no era lo que los demás creían. Esa tarde lo confirmó.
Crucé el pasillo descalza a las tres de la mañana, sabiendo que su puerta estaba entreabierta a propósito. Lo que pasó después no podemos volver a nombrarlo nunca.
Cuando acepté la apuesta no imaginé que terminaría desnuda sobre Mateo con tres pares de ojos siguiéndome y una polla descomunal a centímetros de mi boca.