La noche que mi tía me llevó al mar a oscuras
Esa noche, cuando todos dormían, mi tía dejó la copa en la arena, se quitó las sandalias y me dijo que el agua estaba mejor sin nada encima.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Esa noche, cuando todos dormían, mi tía dejó la copa en la arena, se quitó las sandalias y me dijo que el agua estaba mejor sin nada encima.
Solo quería conectar las cámaras al teléfono. En su lugar encontré, grabado y fechado, lo que mi madre hacía cada vez que mi padre salía a trabajar.
De día me humillaba delante de sus amigas; de noche me suplicaba que la pusiera en su lugar. Nadie imaginaba lo que pasaba dentro de aquel auto.
Bajé del coche para sentarme delante y, en cuanto noté el bulto en su pantalón, supe que aquel taxi no me iba a llevar directa a casa.
Me abrió la puerta solo en vaqueros y supe que no íbamos a ver ninguna película. Lo miré de arriba abajo y la boca se me hizo agua.
Tenía cuarenta y un años y llevaba meses fingiendo que no pasaba nada cada vez que él me miraba. Esa madrugada dejé de fingir.
Detuvo el coche frente al edificio con las manos temblando. Ella lo esperaba tras la ventana, y ambos sabían que esa copa de vino era solo el principio.
La amistad con aquel viejo bruto y bonachón se torció una tarde de vino, en un pueblo perdido, cuando me dijo al oído lo que pensaba hacer conmigo.
Subió la escalera delante de mí, sin nada debajo del camisón, y supe que de esa casa no iba a salir siendo el mismo de antes.
Llevaba cinco años de sequía y mi marido acababa de proponerme un trío en el que él participaría vestido de mujer. Lo más loco: yo ya sabía a quién invitar.
Lo encontré escondido en el garaje, muerto de frío. Nunca imaginé que un año después sería yo quien lo invitaría a entrar en mi cama y en mi matrimonio.
Llevaba semanas cruzándomela en el garaje con esa sonrisa. El día que se pegó a mí en el ascensor supe que aquello no iba a quedar en un saludo entre vecinos.
Cruzó las piernas, me miró por encima del libro y supe que aquella mujer llevaba años sin pedir permiso para nada. La hora muerta del metro se volvió otra cosa.
Entré a ese despacho gris dispuesta a suplicar por un papel. Salí sabiendo que esa noche el que iba a suplicar sería él, de rodillas y en su propia casa.
Tenía treinta y ocho años, un marido predecible y un cuerpo que nadie había sabido leer. Esa noche, sola en casa, decidió que quería sentir algo de una vez.
Cada vez que se inclinaba a anotar mis respuestas, el chaleco se le abría un poco más, y yo ya no lograba concentrarme en ninguna pregunta del cuestionario.
Solo había bajado por un vaso de agua. Lo que escuché en la planta baja me dejó clavada en el último escalón, conteniendo la respiración para que no me oyeran.
Cuando la mujer más elegante del salón me tomó de la mano y susurró «acompáñame», supe que esa noche no iba a parecerse a ninguna otra de mi vida.
«Ven a las cinco. Tenemos que hablar de lo del sábado. Solo.» Le escribí eso por la mañana, y desde entonces no pensé en otra cosa que en oírla bajar las escaleras.
Llevaba siete años casada y jamás había mirado a otro hombre. Hasta que mi marido me tomó de la mano y me confesó lo que de verdad deseaba.