La cajera madura que vino a mi casa
Le dejé mi número en el ticket del supermercado y creí que no se atrevería. A las cinco y cuarto sonó el timbre de mi ático.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Le dejé mi número en el ticket del supermercado y creí que no se atrevería. A las cinco y cuarto sonó el timbre de mi ático.
La puerta estaba entreabierta, las velas encendidas y una nota sobre la cama. Aun así, entré, me desnudé y obedecí.
Pensé que la noche había terminado, hasta que su mano volvió a mi polla y me ordenó subir desnudo a su cuarto.
Su marido la empujaba a tentarme y ella fingía resistirse, hasta que terminó desnuda en mi villa pidiéndome más de lo que imaginaba.
Lo vi salir del pasillo en bóxer, oliendo a jabón y alcohol, y entendí que esa noche ya no iba a poder fingir que solo era el amigo de mi hijo.
En la playa nudista entendí que no le faltaban ganas, solo alguien que se atreviera a empujarla hasta donde llevaba tiempo queriendo llegar.
Desperté con ella recogiendo mi ropa, pero cuando se inclinó junto a la cama supe que esa mañana no iba a estudiar nada.
Iba a darme un baño rápido y dormir. No sabía que Marlene había metido en mi maleta un par de vibradores, un consolador y una idea muy cabrona.
Dejó claro desde que se sentó a mi lado que no pensaba pagar con dinero, y cuando me pidió que parara en el parque entendí por qué.
Me pidieron dos cosas: reservar habitación y llevar condones XL. Cuando ella salió del baño, entendí para qué me había hecho cruzar media provincia.
Me levanté en puntas de pie a espiar el murmullo del cuarto de al lado. Sobre la cama no estaba el padre de Camila. Estaba su madre, encima de otra mujer.
Cuando abrió la puerta con medias nuevas y una bata corta, supe que no había vuelta atrás y que esa tarde la iba a compartir entera.
Cuando vi sus bragas húmedas sobre la toalla, entendí que ya no era un accidente: ella sabía exactamente lo que yo hacía cuando se iba.
Cuando mi esposa vio la polla de aquel hombre, su cara cambió; en ese instante supe que nuestra fantasía ya no tenía vuelta atrás.
Empezó como una prueba absurda entre jefa y subordinada, pero cuando me vio desnuda y sonrió, supe que ya no mandaba yo.
Cuando vi al hombre escondido entre los arbustos, ya era tarde para taparme... y peor todavía, no quise hacerlo.
Fui a arreglar una fuga un sábado y terminé arrodillado entre las piernas de una mujer madura, obedeciendo cada orden sin saber lo que venía detrás.
Todo empezó con miradas en el vestidor, pero cuando abrí la puerta del departamento y vi a mi novia con él, supe que esa noche se iba a descontrolar.
Cuando su cuerpo se pegó al mío en la kizomba, entendí que esa noche no iba a quedarme a medias con aquella mujer madura.
Oculta dentro de un coche de lujo, vi cómo empezaban a tocarse y supe que, si no me iba en ese instante, terminaría empapada.