Cerré el aula con llave y busqué a mi alumno
Pasé junto a su banco, le dejé una nota sin que nadie lo viera y salí al patio a fumar. Para cuando él golpeó la puerta, yo ya había dejado de pensar en lo correcto.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Pasé junto a su banco, le dejé una nota sin que nadie lo viera y salí al patio a fumar. Para cuando él golpeó la puerta, yo ya había dejado de pensar en lo correcto.
Llevaba años manteniendo las distancias con la mujer de mi mejor amigo. La tarde que él me reveló su secreto, esa distancia estaba a punto de desaparecer.
Hacía una eternidad que un hombre no la tocaba. Bastaron dos extraños y un vagón abarrotado para que su cuerpo la traicionara sin permiso.
Salí a caminar por el sendero sin imaginar a quién me iba a cruzar. Nunca pensé que una caminata por el campo terminara así, y todavía me cuesta contarlo.
Cambié de horario para entrenar sola, sin miradas pesadas. Lo conseguí durante una semana. Hasta que él cruzó la puerta y todo mi cuerpo me traicionó.
Acepté el fetiche de mi novio y salí vestida para que me miraran. Nunca pensé que terminaría a solas con un policía que me observaba demasiado.
Le pedí que no volviera. Pero cuando lo vi otra vez en mi porche, supe que sería yo quien marcaría las reglas de aquel juego que no debíamos jugar.
Lo besé en el coche como si lo hubiera deseado toda mi vida, y solo entonces entendí que el chico al que vi crecer ya no era un niño.
Aburrida en casa, acepté tomar algo con él. No conté con que esa cerveza terminaría conmigo de rodillas y, después, en su habitación de hotel.
Era para Andrés, mi novio. Pero el doble check azul apareció en tres segundos y entendí, con el estómago helado, que se lo había enviado al hombre equivocado.
Derramé el aceite a propósito, marqué su número y esperé. A mis años había aprendido que las oportunidades no se esperan: se fabrican.
Bailábamos cuando se acercó a mi oído y me recordó lo que había visto aquella otra noche. Media hora después, yo subía a su camioneta al final del pasillo.
La primera vez que Carla cruzó las piernas en el asiento de atrás supe que esos viajes iban a complicarme la vida mucho más de lo que jamás imaginé.
Cuando me ofrecí a llevarle el carro de la compra no imaginé que, veinte minutos después, ella me miraría desde el otro lado de la cocina con esa sonrisa.
Volví a casa pensando que estaba vacía. Los gemidos venían del cuarto de mis padres, y al asomarme entendí que nada volvería a ser igual entre Darío y yo.
Llegué con la cinta métrica y los nervios de punta. Lo único que quería era evitar el ala oeste, pero él ya había preguntado por mí en recepción.
Cuarentón, divorciado y sin empleo, puso un anuncio absurdo: acariciaba mujeres por dinero. La primera en llamar fue una viuda de sesenta años.
Creí que la casa estaba vacía, pero los murmullos venían de arriba. Me quedé inmóvil en la escalera, sin atreverme a subir ni a marcharme.
Cuando subí al asiento del copiloto y él me dijo «mira cómo me tienes», supe que esa noche no iba a salir del taxi siendo el mismo de antes.
Me quité la sudadera en la escalera, esperé a oír la regadera en el piso de arriba y volví a la cocina decidida a que aquel hombre dejara de mirar el refrigerador.