El plomero que vino a arreglar algo más que la canilla
A los cuarenta y cuatro creía que ya nada podía sorprenderme, hasta que un hombre con las manos manchadas de grasa me miró como nadie lo hacía desde hacía años.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
A los cuarenta y cuatro creía que ya nada podía sorprenderme, hasta que un hombre con las manos manchadas de grasa me miró como nadie lo hacía desde hacía años.
Escribió diciendo que quería ser mi modelo, mi musa. No imaginaba que esa tarde aprendería que el deseo y la cámara son la misma cosa.
Cuando abrí la puerta envuelta solo en una toalla, no imaginé que el amigo de mi padre me miraría así, ni que yo le devolvería la mirada sin ninguna vergüenza.
Entro al chat para distraerme, nada más. Pero ese señor de voz pausada y casi treinta años más que yo despertó una curiosidad que terminó conmigo desnuda sobre él.
Creyó que los altos muros del laberinto la escondían de todos. No contaba con que el hombre que conocía de toda la vida la estuviera mirando desde la entrada.
La encontré llorando en la cocina, con el teléfono aún en la mano y la voz de su marido resonando. Solo quería consolarla; juro que lo demás no estaba en mis planes.
Nunca me consideré sumisa, pero la primera vez que su voz me ordenó algo al teléfono, obedecí sin pensar. Y descubrí que ser de alguien podía gustarme más de lo que jamás imaginé.
Aceptamos el piso barato sin leer la letra pequeña. La primera noche ella cerró la puerta del cuarto y me dijo que esa semana yo era su marido.
Llevaba toda la noche mirándome el culo desde la barra. Cuando me propuso la apuesta, supe que iba a perderla a propósito.
Tenía novio, tenía un plan y tenía la promesa de portarme bien. Lo que no tenía era idea de lo que ese hombre iba a despertar en mí esa madrugada.
Hacía meses que su marido no la tocaba. Cuando el viejo del fondo le ofreció refrescarse en su piscina, ella supo lo que pasaría, y aun así empujó la reja.
Cada día aparecía con menos ropa y la excusa de una botella de agua. Esa tarde, con la obra casi vacía, él levantó la vista de los planos y supo que ya no había vuelta atrás.
Durante veinte años fingí que estaba satisfecha. La noche que dejé de hacerlo, descubrí que una mujer experimentada da mucho más miedo que una jovencita.
Le confesé a un extraño de internet la fantasía que nunca me atreví a contar. No imaginé que un martes cualquiera, en el vagón lleno, decidiera cumplirla.
Desde la sala de monitores vi cómo se abría el saco cuando creía que nadie la miraba. No sabía que su nuevo vigilante llevaba toda la mañana observándola.
Creí que me chantajearía con lo que vio en mi monitor. Lo que no esperaba era terminar de rodillas frente a él en la oficina vacía, después de que todos se fueran.
Cuando vi los billetes que mi hermana escondía en el cajón, supe que nuestra vida en aquel paradero estaba a punto de cambiar para siempre, y que ya nada sería inocente entre nosotras.
Llevaba años sin sentir ese cosquilleo. Pero aquel hombre canoso que alimentaba palomas me miró de una forma que despertó todo lo que creía dormido.
Tres golpes secos en la puerta y supe que era él. No traía recibo, solo esa sonrisa torcida que me erizaba la piel cada vez que el alquiler se atrasaba.
Cuando abrí los ojos sobre su pecho y vi cómo me miraba, entendí que la siesta había sido solo el descanso entre un asalto y el siguiente.