La noche que mi madre y yo nos quedamos solos
Cuando entré en mi cuarto la encontré sentada en el rincón, desnuda, con la cabeza ladeada y una pregunta en los ojos que ninguno de los dos esperaba.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Cuando entré en mi cuarto la encontré sentada en el rincón, desnuda, con la cabeza ladeada y una pregunta en los ojos que ninguno de los dos esperaba.
Pegué el oído a la puerta del cuarto de mi madre y desde esa noche ya no pude dejar de mirar. Lo que descubrí me cambió para siempre.
Me llamó putita la primera vez que me vio. La segunda vez me rogó que no parara.
El odio entre Remedios y Amparo llevaba doce años pudriéndose. Sus hijas heredaron la guerra, pero esa noche el rencor encontró otra salida.
Afuera nevaba sin parar. Adentro, al otro lado de la pared, alguien gemía. Y yo tenía a mi tía dormida a mi lado, con el albornoz apenas cerrado.
Bajé por una botella de agua a las tres de la madrugada y allí estaba ella, sorbiendo un café con las dos manos como si la taza fuera lo único que la mantenía despierta.
Su perfume todavía me perseguía cuando abrí la tarjeta en el taxi. Una dirección en Recoleta. La puerta va a estar sin llave, me había dicho.
Entré a su cuarto con una bandeja y ella me miró desde la cama, casi sin ropa, y preguntó: —¿Te gusta lo que ves? Algo en mí se despertó sin aviso.
Se agachó detrás del contenedor en el callejón y lo que vio al otro lado de la cortina lo dejó sin palabras. La noche cordobesa guardaba secretos que no debía descubrir.
Cuando esa canción sonó por la radio, tuve que parar el coche. Mi cuerpo recordaba lo que mi cabeza intentaba olvidar: una noche y un hombre demasiado joven.
Esa noche entré en el salón con el corazón acelerado. Sabía lo que quería y sabía que él también lo quería. Solo faltaba dar el primer paso.
Tenía quince años y no sabía lo que veía. Ahora, con veintidós, cada recuerdo de esas tardes cobra un significado completamente diferente.
Llevo años explicando en clase que el tabú no desaparece, solo se disfraza. Nunca lo entendí tan bien como esa noche en el motel.
El mensaje llegó la noche anterior: «Mañana serás mi profesora. Trae uniforme». Me quedé con el teléfono en la mano, sin poder dormir.
Cuando entré en ese garaje sin avisar, encontré a dos mujeres con las manos vendadas, los pechos al aire y la rabia de años acumulada entre ellas.
Me llamo Valentina. Tres meses de hormonas, una playa nudista y la mirada de mi madre me convirtieron, por fin, en quien siempre había sido.
El domingo por la noche, solo y con ganas, decidí saltarme mi colección de fotos y dejarme llevar por el recuerdo de la mujer que más me excitó.