El verano que dormí en la cama de mi tía
Dormíamos en la misma cama por falta de espacio, yo con dieciocho años y demasiadas hormonas. Lo que pasó esa madrugada marcó todos los veranos que vinieron después.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Dormíamos en la misma cama por falta de espacio, yo con dieciocho años y demasiadas hormonas. Lo que pasó esa madrugada marcó todos los veranos que vinieron después.
Salí a abrirles en bata corta sin pensarlo. Cuando vi cómo me miraban los tres, supe que mi jardín no sería lo único que iban a atender ese fin de semana.
Cuando el señor partía de viaje, la casa entera cambiaba de reglas: la servidumbre dejaba de obedecer al amo y empezaba a obedecer al deseo.
Él estaba obsesionado con una sola idea, y yo jugaba con fuego cada vez que me escapaba para encontrarme con él lejos de la mirada de todos.
Creí que mi futuro lo decidiría el dueño del antro más caro de la costa. No imaginé que la prueba final me la pondría su mano derecha, una mujer curtida en el oficio.
Llevaba años fingiendo en la cama de mi marido. Esa noche de fiesta, un chico al que doblaba la edad me susurró un bolero al oído y todo lo que creía dormido en mí despertó de golpe.
Llevaba semanas inventando excusas para verla. Esa tarde de agosto, junto a la piscina, ella se quitó el top y dejó claro que las excusas habían terminado.
A los sesenta me prometí una vida tranquila. Entonces se abrió la puerta de enfrente y apareció ella, con dos mechones blancos y una sonrisa que prometía problemas.
De día revisaba habitaciones y horarios con una sonrisa amable. De noche, esa misma sonrisa significaba algo muy distinto para quien le abriera la puerta.
Siempre escondí mi cuerpo bajo ropa holgada, hasta la madrugada en que el papá de mi amiga abrió la puerta del baño y se quedó mirándome un segundo de más.
Cerró la puerta de aquel despacho creyendo que iba a negociar una nota. No sabía que el profesor tenía otra cosa en mente, y que ella terminaría volviendo cada viernes.
Le dije que me dejara por la carretera bien iluminada. Él sonrió, tomó el desvío hacia el mirador y yo dejé que el vestido se me subiera hasta el muslo.
Nunca había hecho algo así. Pero esa tarde, mientras buscaba quién arreglara el techo, me di cuenta de que en realidad estaba cazando otra cosa.
Su novio siempre me había gustado, pero era de mi amiga. Esa madrugada, cuando ella cayó rendida por el alcohol, él volvió a la sala sin nada de ropa y todo cambió.
La primera vez que sus manos la examinaron supo que ningún hombre de su edad la había tocado así: sin prisa, con la certeza de quien lo sabe todo.
Llevaba semanas pensando en los dos: el repartidor tímido y el fisioterapeuta serio. Esa noche los citó juntos, decidida a enseñarles algo que ninguno se atrevía a pedir.
Cuando los cortesanos se retiraban, él cerraba la puerta de sus aposentos y esperaba a la única persona capaz de aliviar el peso de su título.
Tenía el mejor cuerpo que vi en mi vida y un único territorio prohibido. Creí que nunca me dejaría entrar, hasta esa madrugada en que volvimos a cruzarnos por la calle.
La puerta del baño estaba entreabierta y el agua caía. Me asomé sin pensar, y la señora rubia me sonrió en vez de gritar.
El día que perdí el último autobús bajo la lluvia entendí que la libertad tenía un precio, y que ese hombre de manos pacientes sabía exactamente cuánto estaba dispuesta a pagar.