El empresario que se arrodilló por mis pies
Tenía traje caro y una mirada que intimidaba a todos en la mesa, pero no podía dejar de mirarme los pies. Y yo sabía exactamente lo que iba a hacer con eso.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Tenía traje caro y una mirada que intimidaba a todos en la mesa, pero no podía dejar de mirarme los pies. Y yo sabía exactamente lo que iba a hacer con eso.
Calzaba un 36, los tenía blancos y perfectos, y aquella tarde de sangría decidí que necesitaba metérmelos en la boca aunque fuera delante de todos.
Cada noche despierto empapado en sudor con la misma escena: doña Vilma cerrando la puerta con llave, calzándose los guantes y prometiéndome que esta vez no habría risas.
Le pedí que imaginara mi mano sobre su pierna. No esperaba sentir la suya temblando bajo la mía, ni que el trance terminara siendo también el mío.
Faltaban diez horas para la cita y ya sentía el cosquilleo en el vientre. No sabía que esa tarde, sobre una camilla, dejaría de ser la mujer apagada que había sido durante cinco años.
Llevábamos veinte años juntos y esa noche, descalza en la cocina, supe que algo había cambiado en mí para siempre: lo deseaba como nunca y, por primera vez, iba a tomar yo el control.
Cuando me la crucé en el rellano supe que algo se había apagado en ella hacía años. No imaginé que sería yo quien volviera a encenderlo esa misma mañana.
En el coche, con su mano en el volante y la mía entre sus piernas, entendí que esa noche las reglas las ponía yo. Y él iba a obedecer cada una.
Beatriz bajó a la cocina creyendo que lo de la noche anterior había sido un desliz. Su yerno la esperaba con un café frío y una condición que lo cambiaría todo.
Dejó la maleta en medio del living y empezó a tratarme de inútil. Aguanté tres días. Al cuarto, le bajé los humos sobre la cama y descubrí que la altivez le duraba poco.
Beata, virgen y sola a los cuarenta, Amparo solo quería que le arreglaran la chimenea. Su cuñado tenía otra idea, y esta vez no pensaba aceptar un no.
La tenía enjaulada al lado de la mesa, en cuatro patas, mientras mis amigos comían y le tiraban las sobras al suelo metálico. Solo era el principio.
Nadie en mi barrio imagina que la mujer aburrida del cuarto piso sueña cada noche con perder el nombre, la ropa y la dignidad ante alguien mucho más joven que ella.
Bajé a estirar las piernas en la estación y, al volver, la mano de aquel desconocido ya estaba en el muslo de mi madrastra. Lo que vino después no lo conté nunca.
Domingo, visita familiar a casa de la sobrina. Yo cuarenta y nueve, él treinta. Me bastó con verle la hebilla del cinturón para que la tarde dejara de pertenecerme.
Doña Marisol subió a mi cuarto a echarme la bronca. Cuando tropezó al levantarse de la cama, su mano fue a parar justo donde no debía haber caído jamás.
Vivíamos a mil kilómetros y no nos habíamos visto nunca en persona, pero aquella tarde de domingo descubrí que la distancia no apaga nada cuando el deseo decide encenderse.
Cuando baja a desayunar en camiseta y bragas, me derrito por dentro y sé que este fin de semana en la casa de campo será el último en que pueda callarme.
Diana se fue con el primer vuelo, Renata apareció con un maletín y Mariela me sirvió un café sabiendo que la miraba como nunca debí mirarla.
Pensé que ya lo había visto todo entre mis tíos, hasta que aquella noche sonó el timbre y entendí que apenas era el comienzo de todo.