La mujer madura que encontré sola ese otoño
La conocía desde hacía años. Esa tarde en el bar, cuando se acercó para saludarme, algo en su mirada me dijo que aquello no terminaría con un simple abrazo.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
La conocía desde hacía años. Esa tarde en el bar, cuando se acercó para saludarme, algo en su mirada me dijo que aquello no terminaría con un simple abrazo.
Pensé que enfrentarme a una mujer sin entrenamiento sería pan comido. El primer abrazo de oso me sacó esa idea de la cabeza para siempre.
Acostados, desnudos, todavía oliendo a lo que acabábamos de hacer, Sofía me dijo que tenía que contarme algo. Algo sobre Elena. Algo que me cambiaría la forma de verla para siempre.
La primera vez que la vi, su marido estaba en la habitación de al lado. La segunda, sus labios estaban en mí. No pude pensar en otra mujer durante semanas.
Cuando me invitó a subir a su piso, supe que no podía decirle que no otra vez. Tenía casi setenta años y yo treinta y seis, y eso nunca había importado tan poco.
Me abrió la puerta con una musculosa blanca sin corpiño. Llevaba una semana hablándole por chat y, por fin, estaba en su departamento, temblando.
Llevaba veinte años pensando que conocía mis propios deseos. Bastaron diez minutos en el ascensor con un veinteañero nervioso para entender que no sabía nada.
Subo a propósito la falda un dedo más cada mañana, esperando que alguna mujer mayor me mire con esa mezcla de censura y deseo que aparece en todas mis fantasías.
Subí en el ascensor con tacones y peluca, rezando para no cruzarme con nadie. Él abrió en albornoz y me llamó zorra antes de que dijera hola.
Llevábamos dieciocho años casados y creí conocerla. Hasta la noche en que, con la voz temblándole, me admitió que ahora miraba a otras mujeres.
Aquel sábado mi tía salió de prisa. Su amante seguía dormido en la habitación. Lo que hice en silencio cambió todo lo que pensaba sobre mí.
Cuando se abrió la cremallera y mi madre entró con tres vasos en la mano, supe que esa noche ya no iba a poder controlar nada de lo que iba a pasar.
Cuando las mujeres salieron al baño y me quedé a solas con él, su mirada cambió. Y descubrí algo de mí que no había admitido nunca.
Esa mañana mamá salió de su recámara casi sin ropa y algo cambió. Cuando llegué a buscarla a la escuela esa tarde, el aula estaba vacía y ya no pude mirarla igual.
Cuando bajé los calzoncillos esa tarde, descubrí que mi pequeño ya no era ningún niño. Tenía los dos brazos enyesados y dependía de mí para todo, absolutamente todo.
Cuando bajé las escaleras desnuda, mi cuñada todavía no sabía qué clase de sorpresa le había preparado mi suegro para esa noche.
Aquella tarde, mientras mi cuñada me contaba con lujo de detalles lo que mi hermano le hacía en la cama, sentí un calor entre las piernas que no podía justificar.
Cuando Valeria le pidió ayuda con su pierna, Sandra solo quería ser una buena compañera. Lo que ocurrió esa semana no lo había buscado ninguna.
Llevaba meses aparcando en el fondo, lejos de las cámaras, diciéndose que era solo por comodidad. Su cuerpo sabía la verdad antes que ella.
Cuando la fiesta terminó, lo tomé de la mano y lo llevé hacia las sombras. Esa noche era mía, y él lo supo desde el primer segundo.