La fantasía lésbica que cruzó un océano por ella
Releyó el mensaje cuatro veces y el corazón le latía como a los veinte. Tenía cincuenta y nueve años y una desconocida acababa de despertarle algo que creía perdido para siempre.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Releyó el mensaje cuatro veces y el corazón le latía como a los veinte. Tenía cincuenta y nueve años y una desconocida acababa de despertarle algo que creía perdido para siempre.
Quería comprobar si era verdad eso de que un masaje se descontrola solo. Lo que no esperaba era que aquel oso de manos rudas me leyera el deseo desde el saludo.
Vivía a tres portales del mío y solo quería ver porno y tocarnos. Lo que descubrí de él esa tarde lo cambió todo entre nosotros.
Andrés tenía cincuenta y tres años y un matrimonio roto cuando ella le rozó la mano con sus uñas rojas y le susurró al oído que no temiera explorar.
Llegó a última hora, cuando ya había cerrado, para darme su veredicto sobre mi tienda. Lo que no esperaba era que se arrodillara a mis pies y lo convirtiera todo en algo íntimo.
Cada mañana mi abuela me despertaba con un castigo que yo había aprendido a suplicar. Esa tarde, su vieja amiga llegó dispuesta a no quedarse solo mirando.
Debía dos meses de arriendo y tenía el gas cortado. Cuando el patrón me preguntó qué estaría dispuesta a hacer por el trabajo, supe que mi respuesta lo cambiaría todo.
«No te muevas de ahí», me ordenó con la voz baja, apretando el talón contra mí. Y yo, un desconocido, obedecí sin pensarlo dos veces.
Mientras ella conducía rumbo al chalet, su amiga abrió las piernas en el asiento trasero y empezó a tocarse fingiendo dormir, sin apartarme la mirada.
Pensé que solo iría a mirar cómo se rodaba la película más sucia de Europa. No me avisaron de las dos butacas, ni de la mujer que ocupaba la de al lado.
Llevábamos toda la noche en lo mismo, pero verla de espaldas, a punto de meterse al agua, me recordó que la mañana también tenía sus reglas.
Sabía que tenía novio y que no debíamos. Pero esa noche apoyó el pie descalzo contra mi pierna, me miró de reojo y entendí que el masaje no iba a quedarse en un masaje.
Llevábamos meses con las mismas bromas en los vestidores, hasta que ella me esperó en la cocina con una sonrisa y la blusa entreabierta.
Aquella tarde llegó vestida de negro, se pintó los labios frente al espejo y salió diciendo que dormía donde una compañera. Tardé años en saber a dónde iba realmente.
Su madre tenía esa costumbre de acomodarse el tanga mientras caminaba, aunque supiera que yo la miraba. Esa tarde, su habitación vacía fue una tentación que no supe resistir.
Cuando le quité el antifaz, él seguía ahí, en la ventana, mirándola sin disimulo. Y ella, en lugar de cubrirse, se mordió el labio y le sostuvo la mirada.
No buscaba nada concreto cuando me senté en la barra. Pero aquel hombre de pelo cano me miraba como si ya supiera lo que yo todavía no me atrevía a admitir.
Cuando la viuda desató el corpiño para amamantar a su hijo, Aurora dejó de respirar. Lo que ardió en su cuerpo esa noche no tenía nombre, pero ya no la dejaría dormir.
Cuando abrí el regalo de reyes y vi un vale para un masaje con Pilar, me reí. No sabía que mi mujer llevaba meses planeando exactamente lo que iba a ocurrir.
Bajé la mano sin pensarlo, solo para comprobar si era verdad lo que mi cuerpo me estaba avisando. Hacía años que no me sentía así de viva.