El masaje que despertó lo que llevaba años dormido
Faltaban diez horas para la cita y ya sentía el cosquilleo en el vientre. No sabía que esa tarde, sobre una camilla, dejaría de ser la mujer apagada que había sido durante cinco años.
Faltaban diez horas para la cita y ya sentía el cosquilleo en el vientre. No sabía que esa tarde, sobre una camilla, dejaría de ser la mujer apagada que había sido durante cinco años.
Cuando la chica se inclinó para servirle otro vaso, la pollera azul se le subió y Beatriz supo que esa noche no iba a dormir.
Salí huyendo del trabajo y a los pocos kilómetros me cambiaba en el coche, con los camiones pasando a un metro. No imaginaba lo que esa noche iba a despertarme.
Llevaba años respetando una sola regla: nunca con un cliente. Esa tarde de martes, con sus manos quietas sobre mi camilla, entendí que iba a romperla.
Le puse crema en la espalda casi por accidente. Para cuando arqueó el cuerpo bajo mis manos, los dos ya sabíamos cómo iba a terminar la tarde.
Mientras limpiaba el escritorio descubrí lo que mi marido leía a escondidas. Esa misma noche decidí averiguar hasta dónde estaba dispuesto a llegar conmigo.
La primera tarde que fui a ayudarlo creí que solo haría sus ejercicios. No imaginé que terminaría descubriendo con él todo lo que en casa me habían negado.
Pensé que tenía aquel pedazo de paraíso para mí solo. Cuando abrí los ojos, tres desconocidas me observaban entre risas y yo seguía completamente desnudo.
Le dije que cerrara la puerta y apagara las luces para una llamada importante. Lo que no esperé fue que empezara a sospechar lo que yo hacía debajo del escritorio.
No pensaba irme lejos. Mientras ella creía que estaba a kilómetros, yo miraba cada gesto suyo en la pantalla del teléfono, a dos cuadras de casa.
Mi marido me regaló un masaje en un spa por nuestros siete años juntos. Lo que no imaginó es que sería otra mujer la que me enseñaría cuánto me faltaba descubrir.
Solo quería probar cinco minutos de masaje antes de volver al hotel. No imaginé que esa tarde la mano de una desconocida me cambiaría las vacaciones.
Me dijo que su cuerpo era un detector de mujeres insatisfechas. Bailamos una sola salsa y me prometió que, si lo dejaba intentarlo, no necesitaría más de tres horas.
Mi mujer aceptó pagar a una experta para que me masajeara delante suyo, pero no esperaba descubrir cuánto placer le daba mirar cómo otra me hacía gemir.
Cuando subió al coche y me sonrió, supe que esa noche no íbamos a poder llegar a ningún sitio decente. Tenía que ser nuestra, aunque fuera en un camino de tierra entre almendros.
Llevaba dos años deseándolo en silencio. Esa madrugada, después de la graduación, sus manos se deslizaron hasta mi cintura y supe que ya no había vuelta atrás.
Cuando la puerta se abrió de par en par yo estaba semidesnuda sobre la camilla, con todos los pacientes de la sala de espera mirando hacia adentro.
Llevaba un mes mirándole los pezones marcados bajo la blusa y fingiendo que pensaba en ecuaciones. Esa tarde se quejó del cuello y supe que era mi excusa.
Eran las once de la mañana y la cala estaba vacía, salvo por un chico que fingía no mirarme. Mi marido nadaba y yo notaba sus ojos clavados en cada centímetro de mi piel.
Reservé el jacuzzi, las velas y la lencería. Ella creía que íbamos a Venecia, pero acabamos en una casa rural perdida en la sierra, y nada fue como imaginó.