Lo que pasó con mi prima Carla en la escalera
Su mano helada se coló por debajo de mi camiseta mientras esperábamos a sus padres. Y entonces me di cuenta de que esa noche no íbamos a dormir.
Su mano helada se coló por debajo de mi camiseta mientras esperábamos a sus padres. Y entonces me di cuenta de que esa noche no íbamos a dormir.
Subí los cuatro pisos con el corazón disparado. Quería un juguete, pero salí con algo más: la mirada de la chica detrás de los lentes grabada para esa noche.
Ella entró al baño mientras yo me duchaba. Propuso compartirla para ahorrar tiempo. Lo que vino después no lo planeó ninguna de las dos.
Años después sigo recordando sus bragas al viento, su mano entre las piernas y el beso que me lanzó desde la acera antes de desaparecer. Nunca dijimos una sola palabra.
Salí del baño sin ropa y él estaba ahí, en el pasillo, tan desnudo como yo. Nos miramos sin poder movernos. Ese segundo bastó para que todo cambiara.
Andrés sabía exactamente lo que hacía con sus manos. Yo llegué con dolor de espalda y salí con algo que no tenía nombre, algo que todavía pienso cuando me duermo.
Contratamos a Valeria para cuidar a mi suegro, el hombre que me había insultado durante años. Nadie imaginó lo que pasaría esa mañana en el baño.
Las palomitas se enfriaron pronto. Rodrigo fingía ver la película pero yo sabía que solo tenía ojos para lo que mis manos le hacían a mi novia bajo la manta.
Carmen me miró desde el otro lado de la cocina y, sin decir nada, cerró la distancia entre nosotros. Su hija estaba a cinco metros. Eso solo lo hacía más difícil de resistir.
Había vuelto temprano del bar. El pasillo estaba oscuro y la puerta de su cuarto, entreabierta. Me detuve solo un segundo. Ese segundo lo cambió todo.
Lo esperé con un whisky y muy poca ropa. Él no sabía que esa noche era apenas el inicio de un plan que llevaba semanas armando en silencio.
Hay tardes en que el mejor placer es no hacer nada. Me tumbé en el sofá, abrí los brazos y le dije que fuera ella quien mandara.
Las cuerdas me marcaron la piel de rojo. La culpa me marcó el alma de negro. Y ese hombre seguía buscando la grieta por donde romperme del todo.
La tele puesta, las luces apagadas, una manta que nos cubría a los tres. Nadie dijo nada. Fue mi amigo quien movió primero la mano, despacio, como si llevara tiempo esperando ese momento.
La encontré bailando con un desconocido cuando debía estar con sus amigas. La seguí, me escondí, y lo que vi detrás de esa cortina lo cambió todo.
Entré en su habitación y lo encontré con los ojos llorosos. Iba a cancelar la visita de su novia por miedo a su primera vez. No pude dejarlo así.
Desde la pantalla del dormitorio de mi suegro, vi cada detalle. Mi marido y Claudia sobre mi propia cama. Y en vez de sentir rabia, metí la mano entre mis piernas.
Llevaba más de treinta años con mi cuerpo y nunca me había mirado así. Fue su comentario el que lo desató todo. Puse el espejo en la cama y abrí los ojos.
Con los ojos cerrados construyó cada detalle: las manos de alguien, sus labios, el peso de otro cuerpo sobre el suyo. Todavía no lo había vivido, pero ya lo necesitaba.
Era la noche más lejos que había llegado sola y sin una prenda. Perros, hombres, motos y el parque principal: todo lo vi desde la piel desnuda.