Mi hijastra me propuso un pacto que no debí aceptar
Cuando volví del baño con su prenda guardada en el bolsillo, no imaginaba que ella me esperaría esa misma tarde con un trato que cambiaría todo.
Cuando volví del baño con su prenda guardada en el bolsillo, no imaginaba que ella me esperaría esa misma tarde con un trato que cambiaría todo.
La primera tarde que salí en bikini sentí su mirada detrás de la ventana y, en lugar de cubrirme, dejé caer un tirante muy despacio.
Encendí el monitor a las nueve y media: Mariana estaba en su cocina, descalza, con una camiseta que apenas la tapaba, y yo ya sabía que esa mañana no iba a estar sola.
La bata se le subió cuando se agachó por la espátula. No fue un accidente; fue una invitación que tardé toda la mañana en aceptar.
Cuando subimos a su hermano a la cama, ya no se movía. Camila empezó a quitarle los zapatos, después el cinturón, después algo más.
Cuando me besó por segunda vez ya no quedaba forma de pretender que era un saludo de sobrina. Lo que pasó después fue lo que nunca debí permitir.
Pensé que estaba solo en casa. La llave en la cerradura me llegó tarde y, cuando levanté la cabeza del sofá, ella ya me había visto.
Entré en mi cuarto y la encontré desnuda en un rincón, masturbándose mientras me miraba. No dijo nada. Yo tampoco. Solo me senté frente a ella.
Llevo años pensando en ese momento: Valeria en el salón vacío, su dedo señalando mi entrepierna y esa sonrisa que prometía todo lo que no llegó a pasar.
Fui a su casa creyendo que iba a hacer una buena obra. Encontré mis fotos en su celular, y lo que hice después no se lo he contado a nadie hasta hoy.
Mientras se ahogaba entre whiskies, me confesó su fantasía más oscura. No supo lo que pedía hasta que llegué a casa con la prueba grabada.
Solo en casa, con un tanga puesto y los labios pintados de rojo, me miré en el espejo y no sentí vergüenza. Sentí algo mucho más interesante.
Salí del apartamento con mi hijo mayor convencida de que era la decisión correcta. La cámara ya estaba puesta. Solo quedaba esperar y mirar.
Llevaba semanas hablando con Rodrigo antes de atreverme. Cuando por fin entré a su taller y cerró la puerta con llave, supe que no había vuelta atrás.
Tenía los brazos que uno nota aunque intente no hacerlo. Me dijo adiós en treinta segundos y volvió arriba. Yo no pude dejar de pensar en él.
Era el más callado del aula, usaba lentes y jamás hablaba de otra cosa que no fuera el estudio. Yo llevaba semanas pensando en lo que había visto por accidente.
Llegamos con condones, lubricante y ganas de todo. La orgía prometida nunca ocurrió, pero lo que Marcos me hizo delante de los desconocidos fue mejor.
Sus manos frías se movieron despacio por donde ninguna mano debería. Yo no hice un sonido. Pero algo se rompió esa tarde y ya nada volvió a ser exactamente igual.
La toalla resbaló mientras me ponía crema. Sentí que alguien podría estar mirando desde las sombras del edificio de enfrente. No busqué las cortinas.
Quería tenerla desnuda bajo el sol, lejos de todo. Pero un pescador apareció entre las rocas y ninguno de los dos hizo nada por detenerlo.