Lo que escondía bajo el traje en mi entrevista
Travestí de clóset, fui a la entrevista más importante de mi carrera con un calzón de encaje bajo el traje. Pensé que nadie lo sabría. Me equivoqué.
Travestí de clóset, fui a la entrevista más importante de mi carrera con un calzón de encaje bajo el traje. Pensé que nadie lo sabría. Me equivoqué.
Llevaba meses pensando en ella, en sus pies, en su boca. La fiesta de Halloween nos dio la noche que los dos buscábamos sin decirlo en voz alta.
Cuatro semanas mirándola moverse entre las mesas, deseando lo que no me atrevía a nombrar. Después de eso, nada volvió a ser igual.
Se apoyó en el mostrador, me miró directamente y me propuso ir a su hotel. A mis treinta y ocho años pensé que ya no me pasarían estas cosas.
Cuando apagó las luces del pasillo y cerró la puerta, entendí que no íbamos a hablar de mi expediente. Algo había cambiado en el despacho.
Me vestí para impresionar a nadie, o eso creía. Dos guardias me cortaron el paso con una sonrisa que decía que sabían exactamente quién era yo.
Sus manos en mi cuello, ese martes, me dejaron en claro que entre Vera y yo había algo que llevábamos meses sin atrevernos a nombrar.
Cuando don Eduardo cerró la puerta del despacho, Valeria supo que no habían venido a hablar de ningún informe. Ambos guardaban un secreto y eso los igualaba.
Sofía se arrodilla en silencio, sin que yo tenga que pedírselo dos veces. Ahí es cuando entiendo por qué la contraté. Y por qué nunca la dejaré ir.
Esa mañana Rodrigo cerró la puerta de su despacho y sacó una pequeña bolsa dorada. Dentro había algo que cambiaría las mañanas de la oficina para siempre.
Fregaba los platos con los guantes de goma puestos cuando la mujer de su amante le susurró al oído lo mucho que le había gustado su marido.
Cuando me lo confesó, ya estábamos solos en la habitación. Su hermana me la había encargado por el día. Nadie imaginaba lo que iba a pasar entre nosotros.
Me mandó a negociar con un proveedor que no existía. Cuando abrió la puerta de la sala, entendí cuál era su fetiche: hacerlo rodeados de extraños.
La primera vez que afeité a Rubén en la oficina supe que el deseo entre nosotros no iba a quedar en una simple cuestión de higiene compartida.
Bajé al consultorio por un simple dolor de espalda, sin sospechar que el médico de la empresa tenía un tipo de tratamiento que no figura en ningún manual.
Mi jefe me lo presentó entre risas, como si fuera un chiste interno. Siete días después, ese hombre me tenía inclinado sobre mi propio escritorio.
Cinco años después de aquellas pajas furtivas en la carpa, asomé la cabeza a un baño de obra y encontré a Mateo desnudo, gimiendo contra la pared con otro hombre detrás.
Llegó a mi despacho buscando el divorcio. Tres horas después, su confesión me tenía con la falda arrugada y sin saber distinguir si era abogada o cómplice.
Cuando llamé al timbre de aquella casa de campo, creía que solo me esperaba una cena. Tardé media hora en darme cuenta de que la verdadera prueba aún no empezaba.
Cuando salí del despacho, las dos hermanas me esperaban con una sonrisa cómplice que no era inocente. Supe que esa tarde no iba a comer pasta.