Nos descubrieron ese fin de semana y no nos importó
Habíamos planeado el sábado, pero ella llamó el viernes: ven hoy, estoy ansiosa. Cuando abrió la puerta, ya no pude seguir fingiendo que esto no era serio.
Habíamos planeado el sábado, pero ella llamó el viernes: ven hoy, estoy ansiosa. Cuando abrió la puerta, ya no pude seguir fingiendo que esto no era serio.
La tenía desnuda en mi cama cuando decidí contarle todo: mis clientes, mis noches, mi doble vida. Necesitaba ser honesta antes de pedirle lo que iba a pedirle.
La ducha llevaba minutos lista, pero el espejo me tenía atrapada. Semidesnuda, con el corazón acelerado, supe que esa noche no iba a necesitar a nadie más.
Cuando la tijera terminó su trabajo, el espejo le devolvió una mirada que no era del todo suya. Y la voz que escuchó en ese salón no lo dejó en paz.
La puerta de su despacho estaba entornada. Lo que vi al asomarme no me generó celos. Me generó ganas de algo que no esperaba.
Llevaba meses cazándome con la mirada en cada cena familiar. Esa tarde de tormenta entró a mi oficina y entendí que ya no podíamos seguir fingiendo.
Le había pedido a mi padre una sola cosa: que se quedara sentado y mirara. No imaginé que él tampoco podría dejar de mirarme cuando el cliente entrara.
La llamaban con un apodo grosero a sus espaldas. Lo que nadie sabía era que yo, desde mi cubículo, contaba los minutos para verla pasar otra vez.
Cuando la cámara se conectó esa tarde, Camila estaba sentada en su despacho con una falda muy corta y un secreto que no debía caber en aquella oficina.
A las ocho y media tocó el timbre. Mi marido le abrió; yo lo esperaba arriba, descalza, con un camisón que apenas tapaba nada y un vestido de novia tendido en la cama.
Cuando Sebastián colgó el teléfono y le guiñó un ojo, su esposa supo que el partido era la excusa. El director llegaría en veinte minutos, y el plan ya estaba listo.
No me duché antes de volver. Quería que el aroma de él se mezclara con el mío y que mi novio aprendiera, con la lengua en mi ropa interior, lo que olía.
Tres semanas después de descubrir los monitores ocultos del despacho de mi suegro, la pantalla parpadeó y se encendió sola, justo cuando él ya estaba detrás de su hija.
La cámara filmaba todo desde el dormitorio mientras yo subía la escalera con un vestido que apenas tapaba lo que iba a entregarles esa tarde.
Cuando colgué el teléfono aquella madrugada me juré que jamás obedecería una orden tan sucia. A las siete cincuenta y cinco ya estaba en cuclillas, esperándolo.
Marcos casi se atragantó cuando le conté lo que había hecho. Lo que vino después superó cualquier fantasía que hubiéramos imaginado en seis años juntos.
Entré a su despacho para hablar y terminamos follando sobre su escritorio mientras el resto de la oficina almorzaba sin saber nada.
Lo que pasaba en esa sala era confidencial. Nerea lo vio todo a través de la cerradura, con la mano apoyada en la pared y la respiración cortada.
Una semana de trabajo sin respiro, apenas besos antes de dormir. Pero el viernes llegó y ella apareció en lencería negra con una sonrisa que lo decía todo.
Mientras Marina me penetraba con el arnés, me preguntó si la aceptaba como esposa. Le dije que sí entre gemidos. Nunca pensé que una propuesta pudiera sentirse así.