El finde que mi compañera pensó que iba a Venecia
Reservé el jacuzzi, las velas y la lencería. Ella creía que íbamos a Venecia, pero acabamos en una casa rural perdida en la sierra, y nada fue como imaginó.
Reservé el jacuzzi, las velas y la lencería. Ella creía que íbamos a Venecia, pero acabamos en una casa rural perdida en la sierra, y nada fue como imaginó.
Crucé el patio entre los camiones y me oculté en el pasillo del primer piso. Lo que vi a través del cristal esmerilado me cambió para siempre lo que sentía por ella.
Compartíamos suite por trabajo y nada más. Hasta que una noche, en el balcón, sus rodillas tocaron las mías y entendí que ninguna de las dos quería retirarse.
Entré a esa habitación creyéndome la dueña de la situación. Salí de ahí sabiendo exactamente a quién le debía el silencio.
Cuando mi jefe propuso subir a su departamento a seguir la fiesta, mi esposa dudó. Pero la curiosidad y el alcohol pesaban más que la prudencia esa noche.
Renata la miraba hacía dos años por los pasillos de la oficina. Una noche, después de cerrar la licitación, dejó por fin que el roce se hiciera algo más.
Subí a su departamento sin pensarlo. Tres horas después bajé con las rodillas temblando, las marcas de sus manos en mis pechos y el cuerpo cambiado para siempre.
Llevaba meses regalándole chocolates y rosas sin saber qué esperar. Esa tarde, en el taxi de vuelta del trabajo, ella se acercó a mi oído y todo cambió.
Sonó el timbre por cuarta vez esa tarde y al abrir lo vi a él, sin uniforme, sin coartada, mirándome como si llevara semanas planeando justo ese momento.
Cuando me dijo en el coche que llevaba diez años solo con un hombre, supe que esa visita al cliente no iba a terminar como ninguno de los dos había planeado.
Cuando desperté no recordaba cómo había llegado a esa cama. Estaba atada de pies y manos, y ella, vestida de cuero negro, me observaba desde el umbral.
Cuando me tomó la cara con ambas manos y me comió la boca sin pedir permiso, supe que aquella reunión de trabajo nunca había sido una reunión de trabajo.
Llevábamos meses esquivándonos las miradas en los pasillos. Aquel viernes, con la planta vacía, cerró la puerta de la cabina y me dijo que ya no aguantaba más.
Cuando bajó del coche y todos los hombres del salón giraron la cabeza, entendí que esa noche mi esposa no era mía: era de quien se atreviera a mirarla.
Cuando me puse aquel short minúsculo para bajar a tomar una cerveza con él, ya sabía que la noche no iba a terminar en el pasillo del hotel.
Pensé que la última fila del estreno me dejaría tranquila con él. Tardé en entender que en esa sala oscura nadie estaba realmente a solas.
Yo era su asistente. Trabajábamos doce horas al día. Esa noche, descalza en su sillón, me miró como nunca antes y supe que algo había cambiado para siempre.
Cuando vi sus calcetines tirados en el suelo del baño del hotel, supe que estaba a punto de cruzar una línea que jamás podría desandar con mi mejor amigo.
Renata cruzó las piernas sobre el sillón del despacho y, sin que nadie la viera, me dejó claro con una sola mirada que esa tarde ya no íbamos a hablar de expedientes.
Llevábamos meses hablando en los turnos vacíos del call center. Esa tarde abrió el porno en su pantalla y me preguntó, mirándome, si así me gustaban.