La pillé tocándose y ninguno de los dos se detuvo
Estaba sentada en la silla del comedor con los ojos cerrados y los auriculares puestos. Su mano se movía bajo los shorts mientras sus labios envolvían algo.
Estaba sentada en la silla del comedor con los ojos cerrados y los auriculares puestos. Su mano se movía bajo los shorts mientras sus labios envolvían algo.
Llevaba semanas yendo al mismo gimnasio aburrida, hasta que el dueño apareció: cuarenta y pico, brazos marcados, con esa calma que intimida más que cualquier gesto.
Me conoció vestido de hombre, pero en mi cajón esperaban encaje y tanga. Esa noche los dos conseguimos exactamente lo que queríamos.
Esa noche, con la lluvia tamborileando contra los cristales, los tres descubrimos que el cuerpo guarda territorios que ninguno había explorado todavía.
Bajé a ayudarlo con unos trámites. Tenía manos grandes, olor a taller y una manera de mirarme que me ponía nerviosa desde que llegamos.
Cuando dejé caer el abrigo en el pasillo oscuro y el aire de la noche me rozó la piel desnuda, supe que no habría marcha atrás.
Necesitaba dinero y él tenía una propuesta. Tardé menos de lo que esperaba en decir que sí, y mucho más en entender qué significaba ese sí.
Se metió en la bañera sin intención de limpiarse. Solo quería revivir cada segundo de aquella tarde antes de que su marido cruzara la puerta.
Cuando sentí sus dedos en la oscuridad, lo primero que pensé fue en decirle que parara. Lo segundo fue no hacer nada de eso.
Ella no sabe que cuando salgo «a ver a un amigo», vuelvo oliendo a otro. Llevo tres meses así y no sé cuánto tiempo más puedo aguantar.
Llevaba horas bailando sola cuando lo sentí detrás. Me giré y ahí estaba. Y supe que esa noche no iba a terminar en la pista.
Cuando le dije que no podía concentrarme, ella rodeó mi escritorio, se plantó a mi lado y me soltó la frase que cambió todo entre nosotros.
La puerta de mi cuarto no cerraba del todo por el lado izquierdo. Ella lo sabía. Yo también. Durante semanas fingimos que no.
Hoy me toqué pensando en aquella partida online en la que tú no podías ni respirar fuerte y yo aproveché cada uno de tus silencios.
Cayeron en el mismo accidente sin conocerse. Cuando abrieron los ojos en el más allá, supieron sin decir nada qué querían hacer con la eternidad.
Cuando abrí la puerta y la vi con esa minifalda ajustada, supe que la noche no iba a terminar como la había planeado.
Se agachó detrás del contenedor en el callejón y lo que vio al otro lado de la cortina lo dejó sin palabras. La noche cordobesa guardaba secretos que no debía descubrir.
Cuando le vendé los ojos con la servilleta y le dije que abriera las piernas, supe que aquella noche iba a superar con creces a la primera.
Apoyé la frente contra la puerta del dormitorio, intentando no hacer ruido, y entonces sentí su aliento en la nuca y supe que esa noche no íbamos a dormir todavía.
Tres días le bastaron a Lucía para volverse otra. Lo que pasó esa tarde en el club, sobre la mesa de madera, no se lo iba a contar a nadie.