La transexual que superó todas mis fantasías
Cuando abrió la puerta, supe que la búsqueda había terminado. Valentina tenía esas curvas que no se inventan y una mirada directa que prometía mucho más.
Cuando abrió la puerta, supe que la búsqueda había terminado. Valentina tenía esas curvas que no se inventan y una mirada directa que prometía mucho más.
Cada viernes la llevaba a casa fingiendo que solo eran amigos. Ella lo sabía. Él también. Pero ninguno se atrevía a decirlo.
Cuando bajé el cristal, Laura ya había decidido que esa noche no habría límites. Los desconocidos lo intuían desde fuera del coche.
Llevaba una hora mirando el techo mientras Camila dormía a mi lado. No pude aguantar más y empecé a tocarla, muy despacio.
Llevaba meses ignorando sus miradas. Esa noche, por alguna razón que todavía no entiendo bien, decidí no seguir caminando.
El odio entre Remedios y Amparo llevaba doce años pudriéndose. Sus hijas heredaron la guerra, pero esa noche el rencor encontró otra salida.
Cuando escuché sus pasos en la capilla a medianoche, supe que todo lo que había jurado ante Dios estaba a punto de arder.
Llevaba tres días con ese calor que crece y no para. Me puse las sandalias de aguja, el vestido de red y esperé. Cuando sonó el timbre, ya temblaba.
Su mano subió por mi muslo justo cuando en la pantalla él la empujaba contra la pared. No hizo falta que dijera nada: ya había leído todo en mi respiración.
Lo llamaban la Bestia. Cuando aparcó su camión frente a la venta aquella tarde, nadie sospechaba lo que iba a ocurrir esa semana.
Ella esperó con la mesa puesta, la lencería nueva y una botella de vino. Al día siguiente los tres desayunaron juntos y Valeria decidió cómo cobrar la deuda.
Lucía me tomó de la nuca con la misma calma de siempre. Esa noche el destino era otro: su amante acababa de estar ahí, y ella no necesitaba decir nada más.
El vapor lo envolvía todo. El narguile pasaba de mano en mano. Y el hombre que mañana sería su suegro lo miraba de un modo que Kamal no supo interpretar a tiempo.
Llevábamos cuatro meses viéndonos por cámara. Esa noche de diciembre, por fin estaba frente a mí en carne y hueso, dentro de una habitación que olía a lo que iba a pasar.
Solo necesitaba desconectar del estrés. Cuando los dedos de Daniela bajaron por su espalda, Romina supo que ese masaje iba a cambiarlo todo entre ellas.
Subí convencida de que tenía el control. Cuarenta minutos después entendí que el único que ponía las reglas en esa carretera era él.
Rodrigo la ignoró en cada reunión. Lo que nunca imaginó es que Isabel ya había hablado con Diana y que en pocas horas él estaría en la casa.
Me llamó putita la primera vez que me vio. La segunda vez me rogó que no parara.
Lo que empezó como un brindis de despedida terminó con cuatro pares de manos sobre mí y una noche que no voy a olvidar.
Aquel sábado dejé que el sol me diera en los pechos y a Andrés arrodillado a mi lado. Ninguno de los dos sospechaba lo que iba a salir de mi cajón.