Aquella noche aprendí hasta dónde podía llegar
Cuando él lo dijo en voz alta, el silencio duró exactamente tres segundos. Sentí miedo y deseo al mismo tiempo, y no supe cuál de los dos era más fuerte.
Cuando él lo dijo en voz alta, el silencio duró exactamente tres segundos. Sentí miedo y deseo al mismo tiempo, y no supe cuál de los dos era más fuerte.
Cuando Iván cruzó la puerta de la habitación, supe que no había vuelta atrás. Mi marido me sostenía por la cintura y me preguntó si seguía queriendo esto.
Cuando abrí la puerta esa noche, ellos no sabían que yo ya tenía el sabor de su amigo en la boca y un plan calculado en cada movimiento de mis caderas.
Mi marido quería verme con su hermano. Me costó semanas aceptar que yo también lo deseaba. Después alquilé un piso con espejo unidireccional y organicé cada detalle.
Valentina siempre fue impulsiva. Pero cuando trajo a Camila a nuestra vida, ninguno de los dos sabía hasta dónde nos íbamos a meter.
Se sentó en mi cama con ese gesto de siempre y soltó que había pasado otra vez. Y yo sabía exactamente de qué me estaba hablando.
Me arrodillé entre sus piernas en aquella habitación de hotel y con mis labios le demostré todo lo que las palabras no alcanzaban a decir.
Empezó como un capricho mientras él jugaba con sus amigos. Terminó conmigo arrodillada bajo el escritorio y él silenciando el micrófono justo a tiempo.
Habíamos tendido la trampa perfecta. Pero cuando Diego me tomó por la cintura con esa seguridad brutal, entendí que ya no era yo quien llevaba las riendas.
Marcelo me miraba desde el sillón mientras Rodrigo me desvestía con calma. Después, mi esposo quiso saber algo que nunca le había contado.
Lo besé por primera vez a los dieciséis años y no pudimos terminar. Once años después lo encontré en el club de mi novio con otra mujer del brazo.
Tenía su miembro palpitando frente a mí mientras le relataba todo. Y cuanto más detallada era, más se acercaba a un límite que ninguno de los dos quería cruzar.
El juguete vibraba dentro de Clara mientras bailaba con desconocidos. Andrés la controlaba desde su mesa. Nadie en el bar sabía nada.
Cuando volvió la luz, vi lo que mi marido tenía entre las manos y supe que aquella propuesta de intercambio no era espontánea.
Propusimos contarnos una fantasía que nunca le habríamos dicho al otro. Lo que salió de nuestra boca esa noche cambió algo entre nosotros para siempre.
Las siete de la mañana, el marido aún dormido, y ya siento ese calor que se instala entre las piernas sin pedir permiso. Otro día igual. O peor.
Esa semana todo iba mal con mi pareja. Mi ex aprovechó la primera grieta y Diego esperaba con una foto que me dejó sin palabras. El fin de semana más sucio de mi vida.
Rodrigo me lo dijo sin rodeos una noche, mientras yo creía que solo iba a dormir. Su voz era tranquila, casi demasiado tranquila para lo que me estaba pidiendo.
La tarde que Diego llegó sudado del partido y se quitó la camiseta, todo cambió. El tatuaje que Carmen había ampliado en la pantalla la noche anterior.
Llevaba semanas escribiendo fantasías para desconocidos. Esa noche quise ser yo la protagonista del relato que él no podía dejar de leer.