Tres parejas, una cabaña y un juego que fue demasiado lejos
El juego de parejas empezó con una apuesta inocente junto a la alberca. Al anochecer, ninguno recordaba con exactitud dónde terminaba uno y empezaba el otro.
El juego de parejas empezó con una apuesta inocente junto a la alberca. Al anochecer, ninguno recordaba con exactitud dónde terminaba uno y empezaba el otro.
Elena nunca imaginó que esa confesión a la hora de la cena abriría una puerta que llevaba años entornada. No volvería a cerrarla.
Lo vi por primera vez al otro lado de la piscina, mientras Marcos firmaba papeles. Algo en su forma de mirarme me dijo que esa noche no iba a terminar como las demás.
Su culo pequeño y levantado fue lo primero que noté. Pero esa noche descubrí que Valeria tenía planes desde mucho antes de que empezara la barbacoa.
Corrí la cortina sin ruido. Sofía estaba de espaldas, con el agua cayéndole por los hombros, sin saber lo que estaba por pasarle.
Apostamos bajo la cobija a ver si adivinaba qué ropa interior llevaba. No imaginé que esa apuesta terminaría con su peso sobre mí en la habitación del hotel.
El dueño del gimnasio pidió que se quitara toda la ropa. Yo asentí con calma y esperé. Lo que pasó después fue mejor que cualquier fantasía.
Llevaba meses enamorado de Andrés cuando me dijo que su ex vendría a cenar. No imaginé que esa noche acabaría proclamándolo nuestro rey entre los dos.
El primero llegó con flores y lencería de regalo, pero cuando llegó el momento me llamó mala mujer. El segundo, canoso y paciente, supo leerme desde el principio.
Cuando volví de la cocina y vi la mano de Marco sobre el muslo de Rodrigo, sentí unos celos que no supe si quería apagar o alimentar.
Llegamos sin saber qué nos esperaba. Salimos siendo distintos. Una finca, siete hombres y un desconocido que decidió que yo sería suya esa noche.
Se bajó de la camioneta y no miró atrás. Dos horas y media después volvió y me dijo: vengo llenita. Y olía al semen de mi hermano.
Natalia nunca había dormido conmigo en la misma habitación. Esa noche en Cartagena descubrí que tampoco le importaba estar sin ropa delante de mí.
Pasamos de clienta y prostituto a algo que no tenía nombre. En esas vacaciones en la playa, ella rompió los tabúes que había cargado toda la vida.
Laura despertó con el cuerpo pesado y un silencio extraño en el apartamento. La puerta del otro cuarto estaba entreabierta. Las camas, vacías.
La ventana del pasillo daba directa al baño. El vapor empañaba el cristal pero dejaba ver lo suficiente: mi esposa pasando el jabón por el cuerpo de mi padre.
El tipo puso la mano sobre la falda de Lucía y ella no se movió. Yo estaba aplastado entre cuerpos y lo que sentí no fue lo que esperaba de mí mismo.
Llevaba meses sin verla. Cuando la vi en la entrada del restaurante con su barriga redonda y esos ojos oscuros, entendí que me seguía gustando tanto como antes, quizás más.
Marcos lo dijo sin rodeos en aquella cafetería: quería dejarlo todo para estar con Valeria. Lo de anoche había sido demasiado real para fingir que no pasó.
Cuando le pedí que abriera un poco las piernas y el chico del fondo no pudiera dejar de mirarla, entendí que aquella fantasía era solo el principio.