Lo que vi en los ojos de la amante de mi padre
Tengo un don que me permite conocer a las personas con solo mirarlas a los ojos. Esa noche lo usé para destruir una mentira.
Tengo un don que me permite conocer a las personas con solo mirarlas a los ojos. Esa noche lo usé para destruir una mentira.
La tarjeta no decía nada más que un nombre y un número de teléfono. Nadie nos advirtió de lo que íbamos a encontrar al otro lado de esa verja.
La pregunta que le hice un viernes por la noche en la cama fue solo el principio. El juego ya llevaba semanas en marcha y él no lo sabía.
Él me lo pidió en voz baja antes de que me pusiera los zapatos. Junté las plantas de mis pies y lo miré. Lo que vino después duró todo el día.
Bajé al bar del hotel diciéndome que era solo para tomar algo. Sin bragas. Con la blusa desabrochada. Todavía sin entender si lo elegí yo o él lo decidió por mí.
Ella ya sabía cómo vestirse cuando me esperaba en la puerta. Sin ropa interior, el vestido corto, y esa sonrisa que prometía que la noche iba a ser larga.
Ella eligió al hombre. Yo organicé los encuentros. Ninguno de los dos sabía exactamente cómo terminaría aquella noche de primavera en Barcelona.
Llevábamos cinco años encontrándonos cada enero. Ella dirigía el balneario, yo reservaba siempre la misma habitación. Nadie sospechaba nada.
Éramos cuatro personas de cuarenta años que nunca habían roto un plato. Raquel dijo que había que hacer algo que no pudiéramos contarle a nadie.
A las cinco de la mañana, el pasillo de mi casa debería estar vacío. Pero ahí estaba yo, con la espalda en la pared, sin poder moverme ni querer hacerlo.
Nada más salir del aparcamiento deslizó la mano dentro de sus pantalones. Yo conduje buscando el primer camino sin salida que encontrara.
Lo vi salir por esa puerta y el corazón se me aceleró de golpe. Llevaba el vestido más rojo que tenía. Quería que lo primero que viera fuera yo.
Cuando Diego detuvo el coche frente al motel, supe que aquella conversación de madrugada sobre mi fantasía más secreta había tenido consecuencias.
Estaba escribiendo una escena erótica cuando sonó el teléfono. Su voz al otro lado bastó para que dejara las teclas y empezara a tocarme.
El vestido rojo, la maleta en la puerta y la mirada de una mujer que ya había decidido. Natalia le dijo que volvería el domingo. Si él quería.
El test llevaba veinte minutos sobre la repisa del baño cuando él abrió la puerta. Solo necesité ver su cara para saber que cambiaba todo entre nosotros.
Aparcamos lejos de todo y caminamos hasta un banco entre los árboles. Yo no sabía que alguien iba a vernos, ni que esa idea me iba a poner aún más cachonda.
Llevaba meses sin que nadie me tocara. Esa noche encendí el coche sin rumbo, pero mi cuerpo ya sabía exactamente adónde iba.
Lucía se subió la falda sin mirarme, como si ya hubiera decidido por los dos. El extraño sonrió y cerró la puerta del baño con llave.
Cuando me dijo que quería mirar, puse el teléfono contra el velador, encendí la cámara y lo dejé ver cada segundo de lo que pasó esa noche.