Ella folló con su amiga mientras yo miraba
El plan era que ella follara con Valeria y yo lo vería desde casa. Lo que empezó como nuestra fantasía terminó de una forma que ninguno esperaba.
El plan era que ella follara con Valeria y yo lo vería desde casa. Lo que empezó como nuestra fantasía terminó de una forma que ninguno esperaba.
Nunca lo hablamos, nunca lo discutimos. Él acababa en ella y giraba la cabeza hacia mí. Eso era suficiente para saber lo que tocaba.
Llevaba todo el día esperándome y yo lo supe antes de que dijera una sola palabra. El delantal, su sonrisa, y el calor que salía de ella.
Sofía tenía los labios más carnosos que había besado en mi vida. Esa tarde en la playa nudista, los seis decidimos que ya no había vuelta atrás.
Llevábamos semanas hablando por mensajes. Cuando al fin la vi llegar con esas mallas ajustadas, supe que esa noche iba a ser diferente.
El autobús iba vacío y mi novia lo sabía. Cuatro horas de noche, un chofer en la cabina y nosotros dos solos en el fondo.
Cuatro semanas mirándola moverse entre las mesas, deseando lo que no me atrevía a nombrar. Después de eso, nada volvió a ser igual.
Entré a su cuarto esperando lo peor y salí con la certeza de que nunca volvería a verme los pies de la misma manera.
Sofía llevaba semanas con esa mirada traviesa. Cuando me propuso que un extraño la viera tocarse por cámara mientras yo observaba en silencio, dije que sí sin dudarlo.
Andrés quería compartir a su mujer con el capitán. Valeria resistió tres días. Cuando llegó Pilar, ninguno de los cuatro salió igual.
Llevaba siete días contando las horas. Cuando lo vi cruzar la puerta del aeropuerto, me importó poco estar con la regla: esa noche no iba a esperar nada.
Natalia solo quería depilarse antes de ir a la playa. No esperaba que la esteticista del hotel fuera tan impresionante, ni lo que encontraría bajo su bata.
Valeria me pidió que los mirara. Solo mirar. Un bar secreto, su amante, la dueña del local y yo. Nadie calculó cómo iba a terminar esa noche.
Cuando dijo que no había avisado que terminó el taller, supe que el hotel que veíamos desde la avenida iba a ser nuestro por esa tarde.
Veinte años de matrimonio y de repente ella se apunta al gimnasio, cambia su ropa, revisa el teléfono en el baño. Algo no cuadraba. Decidí averiguarlo.
Caminé veinte cuadras con borcegos bajo el sol de mediodía para llegar con los pies exactamente como él los quería. Lo que vino después fue perfecto.
La primera vez que me puse su lencería y me vi en el espejo, no supe si lo que sentí era vergüenza o algo completamente distinto.
Subí con doce rosas rojas pensando en un final distinto. La encontré hundida sobre la mesa, rodeada de latas vacías y con el maquillaje deshecho.
Sabía perfectamente lo que iba a pasar cuando entré en ese cuarto con él. Lo sabía y aun así cerré la puerta. Mi marido estaba lejos y yo tenía demasiado tequila en las venas.
Éramos enemigos declarados desde los cinco años. Nadie imaginaría que la chica que me hacía sangrar la nariz sería también mi primera mujer.