La reunión donde decidimos jugar con fuego
Me puse la falda más corta que tenía, abrí la puerta y los saludé sabiendo exactamente qué habían visto y qué más iba a pasar esa noche.
Me puse la falda más corta que tenía, abrí la puerta y los saludé sabiendo exactamente qué habían visto y qué más iba a pasar esa noche.
Quince años de confianza construida poco a poco. Y una noche de verano en la piscina para descubrir que ya no podíamos llamar a eso solo amistad.
Llevábamos años en el mismo ritmo hasta que ella aceptó quitarse la ropa en una playa llena de extraños. Lo que vino después fue mejor de lo que imaginé.
Estaba frente a la puerta de nuestra habitación, los niños dormidos al otro lado, cuando sus manos encontraron lo que llevaba horas sin que nadie tocara.
Él jugaba con el micrófono abierto y yo no pude resistirme. Me acerqué desnuda por detrás, dispuesta a descubrir cuánto podía aguantar sin gemir.
La primera noche que oyeron a Marcos y Lucía al otro lado de la pared, Sofía supo que ese viaje no iba a terminar como había empezado.
Tres días resistí antes de marcar su número. Cuando lo oí contestar, supe que nada de lo que me había prometido a mí misma durante esos días importaba ya.
Sabía que Carmen estaría sola tres días. Solo tenía que convencer a Silvia de hacer ese viaje sin mí.
Llevábamos dos años sentados uno frente al otro sin saber que los dos guardábamos el mismo secreto: una vida paralela llena de deseos que nadie habría imaginado.
Me preguntó cómo habían sido los otros hombres. Lo que no esperaba era que cada respuesta mía lo pusiera más cerca del límite, y a mí también.
Llegamos al motel calientes y llenos de expectativas. La fiesta no fue la orgía prometida, pero Miguel sabía exactamente cómo hacerme olvidar todo eso.
Me senté encima de él y empecé a contarle mi fantasía más sucia. Con cada detalle que añadía, lo veía deshacerse un poco más.
Bajé al bar del hotel a la una de la mañana. Cuando volví a mi cuarto, sin ropa interior y con la marca de su mano en el glúteo, supe que ese vuelo lo recordaría.
Valeria salió del baño con un vestido negro que le ceñía cada curva. Eran las doce de la noche. Dos hombres estaban por llamar al timbre. Y yo ya sabía dónde iba a sentarme.
Nuestros anfitriones en Groenlandia nos explicaron que compartir el calor del cuerpo era la forma más profunda de dar la bienvenida. Esa noche entendimos qué significaba de verdad.
Sandra nunca me había sorprendido de esa manera. Pero esa tarde en el pinar, con Lucía y Marcos a pocos metros, decidió que era el momento.
Llevaba siete días esperándolo. Cuando bajó del avión, mi cuerpo gritaba algo que él aún no sabía: estaba con la regla y, esa noche, no me importaba en absoluto.
Mi mujer me besó mientras un desconocido le retiraba el pelo de la nuca. En ese instante supe que el plan que yo había trazado había dejado de existir.
Acostada y sola en la cama, repaso aquella tarde en que me arrodillé detrás de su silla mientras él jugaba con el micrófono abierto y sus amigos.
La vela se apagó y en la oscuridad una mano subió por mi muslo. Tardé demasiado en darme cuenta de que esa mano no era la de Marco.