Confesión de la inspectora embarazada
La vi caminar por la orilla con su panza redonda y una sonrisa que me recordó todo lo que habíamos dejado pendiente.
La vi caminar por la orilla con su panza redonda y una sonrisa que me recordó todo lo que habíamos dejado pendiente.
Todo empezó como una broma entre amigos, hasta que ella me buscó en la arena, me apretó entre sus manos y dejó claro que no había ido a hablar.
Me separé de mis amigas, acepté un trago de unos turistas y, cuando quise reaccionar, ya estaba de rodillas en la arena rodeada de hombres.
Volví de la playa temblando por el esfuerzo, pero lo que de verdad me dejó sin aliento fueron sus manos y lo que imaginé hacer con ellas sobre mi cuerpo.
Todo empezó con una copa frente al mar y una pregunta inocente; terminó con cuatro adultos cruzando fantasías que ya no podían seguir callando.
Sabía que tocaba matarme a pajas en silencio esas vacaciones, hasta que Andrés empezó a describirme la escena y la fantasía se me metió entre las piernas.
Creí que solo iba a espiarlas desde la toalla, pero cuando una de ellas me sostuvo la mirada supe que ya no estaba mirando yo solo.
Ella creía estar sola en su cala privada. Yo, escondido tras las dunas, aprendí de memoria cada curva de su cuerpo antes de que las olas la vistieran de nuevo.
Mi novia se quitó el bikini delante de nuestros amigos y, cuando vi cómo la miraban, supe que esa noche iba a follármela con otra hambre.
Bajé del avión buscando silencio y calas vírgenes; en recepción me dijeron que solo quedaba una suite, con una cama enorme, y que tendría que compartirla con él.
Bastó verle aparecer al sol, con la piel reluciente, para que supiera que el hombre del bungalow de al lado no me iba a dejar dormir tranquila esas noches.
Cuando bajé las escaleras del bar, supe que aquel hombre me miraba sin disimulo. Y lo peor era que yo, con cada paso, quería que mirara más.
Me fascina mirar y que me miren. Esa noche en la arena, con Ingrid desnudándose frente a mí bajo la luna, lo entendí del todo por primera vez.
Sabía exactamente lo que iba a hacer cuando apagué la luz grande y dejé solo la lamparita: desnudarme despacio mientras ella fingía hablar de cualquier cosa.
La mañana después de la fiesta, Daniela y Selene ya planeaban algo más atrevido: encontrar a dos hombres que hicieran de ese cumpleaños una noche imposible de olvidar.
Se metieron en la cala buscando una presa fácil. Lo que ninguno esperaba era acabar de rodillas, suplicando, mientras ella sonreía y apretaba un poco más.
Vi cómo me miraba cada vez que iba a su casa. Esa semana en la playa, lejos de todos, decidí averiguar hasta dónde llegaría el padre de mi novio.
Se fueron las tres solas, con las maletas llenas de bikinis diminutos y una sola intención. Mi mujer me dijo que mejor me lo contaba a la vuelta. Y vaya si me lo contó.
Levantó una toalla entre las puertas del coche para esconderse de todos. No contaba con el viento, ni con la cantidad de ojos que ya la observábamos.
Aprendí que el placer no estaba en el mar ni en el paisaje, sino en el instante exacto en que un desconocido se daba cuenta de que yo no llevaba nada debajo.