El círculo en la arena al que me atreví a entrar
Nunca había cruzado el umbral de un círculo así, pero esa tarde, con la piel cubierta de aceite y sal, Daniela entendió que ciertos deseos solo existen cuando se comparten.
Nunca había cruzado el umbral de un círculo así, pero esa tarde, con la piel cubierta de aceite y sal, Daniela entendió que ciertos deseos solo existen cuando se comparten.
Apenas solté amarras supe que aquella tarde no terminaría con un simple paseo: ella ya me miraba distinto, con esa media sonrisa que prometía mucho más.
Cerré los ojos un segundo y, cuando los abrí, una sombra enorme me tapaba el sol. Lo que pasó después solo existía en mi imaginación… hasta esa tarde.
La vi entre cientos de personas y supe que iba a buscarla. Lo que pasó después, junto al mar, fue el sueño más vívido que he tenido jamás.
La tenía contra la pared cuando sonó su móvil. Le ordené que respondiera en videollamada: su amiga iba a ver hasta dónde llegaba su obediencia.
Me escribió que quería correrse sobre mis labios antes siquiera de vernos. Esa frase me enganchó, pero lo que vino después, junto al mar, superó cualquier mensaje.
Esa noche la vi a través de la ventana, sola y desesperada con su juguete. Y supe exactamente qué hacer con ella... y con su hijo, que miraba a mi lado en la oscuridad.
Siempre creímos que nadie nos veía. Esa mentira que nos contábamos fue el principio de todo lo que vino después, noche tras noche.
Desde la pista ya nos buscábamos las manos con disimulo; lo que no terminamos en el auto lo seguimos en mi cuarto, sin prisa y sin nada puesto.
Éramos cinco amigos y un pueblo junto al mar. Lo que empezó como una broma entre risas y cervezas se convirtió en el fin de semana que lo cambió todo entre nosotros.
Siempre supe que mi madre era distinta a las demás, pero hasta esa madrugada no entendí cuánto, ni hasta dónde estaba dispuesto a llegar yo.
Insistió tanto en acompañarme hasta el portal que terminé invitándolo a subir. A las ocho de la mañana sonó su teléfono y todo lo que creía cambió de golpe.
Llevaba quince años saludándolo en la playa sin imaginar lo que aquel hombre veía cada noche, a través del cristal del baño, mientras yo me creía a solas.
Era la mujer de su padre, pero esa madrugada, sentada en la arena y pegada a su pecho, dejé de saber dónde terminaba el cariño y empezaba otra cosa.
Cuando me dijo lo que de verdad le excitaba, supe que abríamos una puerta que ya no íbamos a poder cerrar. Y no quería cerrarla.
«Quiero que le des lo que mi madre nunca tuvo», me dijo con una sonrisa. Y yo, que ya había visto a esa mujer madura, supe que no iba a decir que no.
No nos conocías de nada, pero pasaste toda la tarde con la mano dentro del bañador, mirándonos jugar. Y nosotras lo sabíamos desde el principio.
Lloraba borracha sobre mi hombro diciendo que ya nadie la deseaba. No imaginaba que esa misma noche, en la arena, yo iba a demostrarle exactamente lo contrario.
Nunca pensé que ver a otro hombre mirando a mi novia desnuda, abierta de piernas sobre la arena, sería lo más excitante que sentiría en mi vida.
Despertamos desnudos los tres y, entre risas, recordé el momento exacto en que todo cambió: cuando supe lo que Mariela ocultaba bajo la falda.