Esa mañana en la playa me quedé desnuda sin querer
Una ola traviesa, una toalla mojada y, de pronto, mi bikini pegado a la tela mientras yo seguía de pie. Lo que vino después me cambió para siempre.
Una ola traviesa, una toalla mojada y, de pronto, mi bikini pegado a la tela mientras yo seguía de pie. Lo que vino después me cambió para siempre.
Le dije a Mateo que me broncearía de frente. No le confesé que el verdadero placer estaba en saber que cada hombre que pasaba se detenía a mirarme.
Pensábamos que solo íbamos a tomar el sol sin ropa, pero la parcela de al lado tenía un espectáculo que ninguna de las dos pudo dejar de mirar.
La noche antes de partir encendimos la pantalla, pusimos los videos de aquella mansión y dejamos que el recuerdo nos preparara para lo que la isla nos guardaba.
Me tendió unas braguitas limpias sin decir nada. Lo que pasó cuando me las puse cambió para siempre lo que mi mujer y yo éramos en la cama.
Durante años mi madre paraba en aquel arcén con cualquier excusa. Aquel verano, viajando las dos solas, por fin me confesó lo que de verdad buscaba allí.
Cerraba los ojos cada noche y volvía a la misma imagen. Sabía que estaba mal, pero la curiosidad pudo más que cualquier culpa.
Creí que dormía mientras una rubia se acercaba a mí en la playa. Al volver, me confesó que lo había visto todo con los ojos entreabiertos.
Tenía veintiséis años y creía conocer mis límites. Bastó un desconocido en la arena y la mirada cómplice de mi marido para descubrir que no conocía nada.
Llevaba años siendo invisible para todos. Pero esa noche, atrapados por la tormenta en una cabaña, mi suegra dejó de ser la esposa de mi suegro para convertirse en otra cosa.
Solo quería mirar desde lejos, como siempre. Lo que no esperaba era que él me descubriera con los ojos clavados donde no debía.
Le dije a un desconocido que mi esposa dormía en casa sin pensarlo, y esa frase encendió algo que llevaba años apagado entre nosotros.
Bea lo organizó todo al milímetro: la casa, la playa nudista, el restaurante. Lo que pasó esa madrugada en el club fue idea de mi mujer.
Me regaló un bañador carísimo para que solo él me admirara. No imaginaba que esa misma mañana yo dejaría que decenas de desconocidos me vieran sin nada.
Subí solo al apartamento para ducharme antes que los demás. Lo que no esperaba era que alguien, al otro lado del patio, estuviera esperando justo ese momento.
Dejé el coche entre los árboles, me quité la ropa y me tumbé al sol. No imaginaba que aquella mañana iba a entregarme entera a un extraño.
Le di una pastilla para dormir, me puse la falda más corta que tenía y bajé al bar del hotel a buscar lo que él ya no sabía darme.
Nunca pensé que unas vacaciones con mi mejor amiga terminarían así: los cuatro en una habitación que no era la nuestra, y ninguna de las dos con ganas de marcharse.
Tenían veintipocos años, eran descarados y guapos, y eran amigos de mi hijo. Yo acababa de cumplir los cincuenta. Esa noche, junto a la piscina, dejé de fingir que no los deseaba.
Yo solo quería ver hasta dónde llegaba mi mujer con esos dos chicos. Me encendí un cigarro y me quedé quieto, mirando cómo empezaba el juego.