La noche lésbica que Sandra no debería recordar
Mientras Natalia la hacía gemir, Lorena contó todo: el video de su marido, la venganza en el vestuario y la primera vez que probó el sexo lésbico.
Mientras Natalia la hacía gemir, Lorena contó todo: el video de su marido, la venganza en el vestuario y la primera vez que probó el sexo lésbico.
Cuando llegó a mi puerta creyendo que vendría a ayudarme, yo ya tenía todo planeado. Tenía veinte años y la ingenuidad de quien no sabe lo que le espera.
Llevaba dos años sola con mi hijo cuando el banco me mandó la carta. El director tenía una propuesta. Yo acepté. Lo que no esperaba era lo que descubriría sobre mí misma.
El pasillo estaba oscuro cuando me decidí a empujar su puerta. Sabía lo que significaba entrar. Y entré igual.
Le digo que trabajo hasta tarde y le mando un beso de buenas noches. Luego paso la siguiente hora con la boca llena y el mundo al revés.
No lo hice por el dinero. Lo hice porque me daba todo igual. Verla feliz con otro en ese bar fue el detonador de una época que no debería haber vivido.
Cuando entré a la cocina esa mañana, ella estaba de espaldas con una camiseta que apenas le cubría los muslos. Tres años cambian mucho a las personas.
Cuando encontró el teléfono olvidado en la mesilla, pensó que sería una conversación de trabajo. No lo era. Y no pudo soltar el móvil hasta el final.
Sabía que era el padre de mi amiga. Sabía que era una locura. Pero mis pies me llevaron igual, kilómetro tras kilómetro, hasta su puerta.
Nos dijeron que el precio era nuestro cuerpo. Cinco hermanos, un contrabandista y la única salida posible.
Llegó recién separado, con una maleta y demasiado tiempo libre. Desde la mañana en la piscina supe que esa semana no iba a ser nada aburrida.
Cuatro hombres poderosos aparecidos muertos en suites de hotel. La misma escena cada vez. Valeria fue sola a investigar y no salió intacta.
Encendí la luz del salón y vi el caos de la fiesta. Fui al dormitorio buscando paz. Abrí la puerta y lo vi todo: él, desnudo, en mi cama.
Eran las dos de la madrugada, el vino se había acabado y ellos seguían mirándome. Debería haberles dicho que se fueran.
Entré a su cuarto con una bandeja y salí siendo otra persona. Sofía tenía veinte años y ya sabía más de mí de lo que yo misma sabía.
Sabía lo que él haría si creía que estábamos solos. Lo que no podía prever era que mi marido lo estaba viendo todo desde el otro lado del cristal.
Cuando Diego puso la mano en su espalda y la presentó como su mujer, Lucía sintió que aquella palabra abría una puerta que ninguno de los cuatro iba a cerrar esa noche.
Llevábamos veinte años siendo amigos y esa tarde, apoyados en la barra del chiringuito, confesamos en voz alta algo que ninguno creía que llegaría a decir nunca.
Empecé con un juego tonto: cruzar las piernas una, dos, tres veces hasta que no pudiera mirarme a los ojos. No imaginé hasta dónde íbamos a llegar.
La celda olía a humedad y tabaco barato, y cuando sus ojos se clavaron en los míos supe que el expediente iba a terminar en el suelo.