Cómo me convertí en la amante de mi compañero
Llevaba semanas mirándole los brazos. La noche del concierto, entre cervezas y penumbras, decidí acercarme. Lo que pasó después cambió todas las reglas.
Llevaba semanas mirándole los brazos. La noche del concierto, entre cervezas y penumbras, decidí acercarme. Lo que pasó después cambió todas las reglas.
Rodrigo llegó con whisky y buenas intenciones. Valeria estaba en leggins y sin brasier. Antes de que terminara el primer tiempo, ya nadie pensaba en el fútbol.
Mi marido me observaba a oscuras detrás del cristal espía. Él esperaba ver a su hermano caer ante mí. Yo iba a confesarle algo mucho peor.
Cuando levantó la vista y me encontró mirándolo en el vestuario, algo cambió entre nosotros. Solo no sabía exactamente qué ni hasta dónde llegaría.
Empujé la puerta sin tocar y la encontré recostada en pantalón corto. Olvidé las notas, olvidé la culpa, olvidé que era mi madre.
Cuando la noche cae en esta casa, apago la luz de su habitación, cierro la puerta y dejo de ser solo su madre para convertirme en algo más.
Cuando se bajó los tirantes del bañador, supe que la fiesta acababa de empezar. Y que esa botella de vino blanco no la habíamos abierto por casualidad.
Esa tarde de primavera bebimos demasiado ron. No imaginaba que Carla, siempre sumisa, iba a levantarse para llevarme a un árbol cercano y susurrar lo que iba a hacerme.
Cada mañana me despierto con el mismo fuego. No es amor, no exactamente. Es algo más urgente, y ningún alivio dura lo suficiente para apagarlo del todo.
Cuando el guía enmascarado me separó de Mateo en aquella hacienda colonial, supe que la fantasía que habíamos susurrado en la oscuridad estaba a punto de volverse carne.
Llevaba dos horas dando vueltas en la cama. Sabía que él dormía a tres puertas de la mía y que esa noche, por primera vez, no iba a poder fingir.
Llevábamos meses juntos cuando una noche, fumando en el sofá, me dijo lo que de verdad le ponía. Tres semanas después no fui capaz de decirle que no.
Sabía que no era sensato. Rodeé el puente de todos modos, bajé por el paredón y lo encontré durmiendo exactamente donde lo había dejado.
Bajo el agua de la ducha, sus dedos terminaron lo que él había empezado en aquella sala. Y supo que tres días no iban a ser suficientes.
Cuando le entregué la tanga doblada como una nota, supe que no había vuelta atrás. Solo quedaba esperar al viernes y abrir el sobre que me devolvería en clase.
El desconocido del vagón metió la mano bajo su falda sin preguntar. Valeria no se apartó. Solo podía pensar en que ojalá fuera su hijo Marcos el que la tocara así.
Diego me desafió con esa sonrisa suya, seguro de que no iba a cumplir. Pero soy mujer de palabra, aunque me cueste reconocerlo.
Cuando empezó a faltarme el aire, supe que mi cuerpo iba a traicionar todo lo que mis padres me habían enseñado sobre el sexo y los hombres.
Abrí la carta en mi despacho, sola, y supe que algo iba a cambiar antes de terminar de leer. Lo que no esperaba era que el cambio viniera de mi marido.
Abrí los ojos en su habitación sin recordar cómo había llegado. Él estaba en la cocina, medio desnudo y tranquilo, como si todo fuera completamente normal.