Mi compañera de oficina tenía una doble vida
Aquella tarde de viernes, con la segunda copa de vino en la mano, Valeria me miró diferente y empezó a contarme lo que hacía los fines de semana.
Aquella tarde de viernes, con la segunda copa de vino en la mano, Valeria me miró diferente y empezó a contarme lo que hacía los fines de semana.
Durante tres años vendí mi cuerpo por dinero. Lo que voy a contar no lo saben ni mis amigos más cercanos. Algunos clientes no eran clientes: eran depredadores.
A las tres de la mañana, con el humo del porro flotando entre los dos, Romina me dejó caer la frase que iba a desarmar todo lo que creía saber sobre mí mismo.
Leí la carta en el camerino con las manos temblando. La oferta era indecente, la cifra obscena. Se la enseñé a mi marido esperando su furia; me sonrió y me dijo que aceptara.
Hace tres años acepté la solicitud de un desconocido que escribe poesía erótica. Desde entonces, cada noche, leo sus palabras a oscuras y no le he escrito nunca.
Habían pasado tres días desde la primera vez. Tres días de imaginarlo, de sentir ardor cada vez que cerraba los ojos. Esa tarde el club estaría vacío.
Cuando nos arrodillamos las dos sobre la alfombra, ya no era por la apuesta. Fue la primera vez que supe lo que quería hacer con mi cuerpo.
Mientras ellas seguían en el agua, él me propuso lo que yo llevaba un año imaginando. Bajé la cerveza sobre la barra y dije que sí antes de arrepentirme.
Cuando le dieron al play al DVD equivocado no imaginé que acabaría cabalgando a mi novio con sus tres compañeros de piso a menos de un metro, pajeándose.
La voz al teléfono dijo que tenía doce horas para presentarme. Colgó antes de que pudiera preguntar nada. Lo que encontré en aquel almacén cambió todo lo que creía saber.
Cuando fingí el desmayo supieron que me tenían. Pero fue justo en ese instante cuando la partida cambió de dueño y el gancho empezó a buscar otro cuerpo.
Cuando el aire volvió a mis pulmones y él encendió la cámara roja, supe que aquella noche de dominación apenas empezaba y yo ya no podía retroceder.
Bajé al parque con los billetes listos, pero él me exigió algo distinto. Si decía que no, a mi hijo le volverían a romper la cara al día siguiente.
Llevaba dos años viendo pasar hombres en la parada, pero cuando él entró con ese paso lento y esa sonrisa, supe que rompería todas las reglas que me había impuesto.
Un año después de la ruptura me arrastré hasta el gimnasio. En la séptima sesión, mi entrenadora cerró la puerta del vestuario y me ofreció algo que no estaba en ningún paquete.
Cuando lo vi entrar con los otros dos, supe que esa noche no me iba a contener. Mis zapatos rojos y su mirada bastaron para que todo cambiara en minutos.
No había podido dormir con el calor, y cuando bajé por un vaso de agua lo encontré sentado a la mesa, con el torso desnudo y una sonrisa que nunca le había visto así.
Llevaba semanas pasando frente a su taller sintiendo sus miradas clavadas en mí. Esa noche, cuando pasé sola a las once, uno de ellos salió del autobús y me llamó.
Estaba agachado en la oscuridad del callejón cuando la vi. Sandra, la mamá de Rodrigo, detrás de esa ventana que nunca debí mirar.
Cuando fui al parque a enfrentarme al chico que extorsionaba a mi hijo, no imaginé que sería yo quien acabaría pagando el precio más íntimo.