Lo que viví como acompañante masculino durante tres años
Pensé que sabía a lo que me exponía cuando empecé. Pero lo que algunos clientes me pidieron, lo que algunos hicieron, todavía me despierta de noche.
Pensé que sabía a lo que me exponía cuando empecé. Pero lo que algunos clientes me pidieron, lo que algunos hicieron, todavía me despierta de noche.
Cuando el capitán apagó los motores en aquella cala escondida, entendí que la reunión estratégica había sido una excusa y el verdadero plan apenas empezaba.
Cuando Camila apagó la película y me dijo «a veces miro porno gay cuando estoy sola», supe que esa frase iba a partir mi vida en dos.
El sobre llegó a la redacción con un sello de lacre rojo. Dentro, una propuesta que olía a pecado y a un dinero imposible de rechazar para cualquier matrimonio.
Cada jueves tenía la casa para mí solo. Hasta que una noche los pasos en el pasillo lo cambiaron todo: no era la empleada, era mi mujer.
Cuando sus dedos ajustaron la licra entre mis labios, supe que no iba a volver a casa como había llegado. El juego apenas empezaba.
Hacía tres años que leía cada palabra suya sin darle un like, sin comentar, sin atreverme a nada. Esa madrugada algo cambió cuando su mensaje apareció.
Llevaban dieciocho años hablándose solo por pantalla. La primera vez que se vieron en persona, ella sacó del bolso algo que no cabía en ningún manual de citas.
Cuando encendí la luz de la cocina lo vi sentado, con el torso desnudo y una taza de té en la mano. Dijo mi nombre y supe que no iba a subir igual.
El taller estaba oscuro, pero cuando pasé al lado del autobús una voz grave me llamó desde la ventanilla. Esa noche dejé de ser la niña que solo los miraba al pasar.
Iban a celebrar un cumpleaños, dijeron. Lo que no dijeron fue que el regalo era yo, subida a ese autobús apagado, rodeada de hombres que me doblaban la edad.
Él llevaba un mes sentado en el mismo taburete, bebiendo agua y mirándola trabajar. Esa noche, cuando el bar quedó vacío, ella fue la que preguntó.
Cuando Lucía me susurró su fantasía de cumpleaños, supe que no habría vuelta atrás: quería ser subastada entre nuestros amigos más cercanos una noche entera.
El mensaje decía siete minutos para decidir. Sesenta y tres días para obedecer. Firmé sin releer y la persiana metálica cayó detrás de mí.
Cuando abrió la puerta equivocada y me vio recién bañada, sus ojos ya no pudieron mirar a otro lado. Lo que pasó esa noche no estaba en ningún plan.
No necesitaba tocarla. Solo estar ahí, a medio metro de su espalda, respirando su mismo aire. Y comprobar, una vez más, que no iba a girarse.
Crucé el parque con el pulso desbocado, sabiendo que esa noche el matón no se conformaría con mis bragas ni con el dinero que ya no me quedaba.
Salió del baño con una camisa blanca y nada debajo, una piruleta en los labios y esa sonrisa. Con Camila, la noche nunca terminaba donde uno pensaba.
Ella se inclinó a corregirle la postura en el press de piernas y él no pudo disimular lo que le pasaba bajo los shorts. A las siete y cuarto de un lunes.
Yo ya había probado cómo se sentía perder el control con un desconocido. Ella, sentada en el balcón con una cerveza, me miraba como si me envidiara cada detalle.